El Abogado del DIABLO
—Estás jugando con fuego, peque…
—Entonces, prepárate para arder, mi Cuervo hermoso —le guiñó un ojo y salió, dejándolo con el cuerpo encendido y el alma en vilo.
Eros la vio salir sin poder sacudirse el mal presentimiento que le vibraba en el pecho. Porque una cosa era mandar espías. Otra, muy distinta, era mandar a la mujer que amaba.
La camioneta negra se detuvo justo frente al portón de hierro forjado de la residencia Suárez. Sasha observó por la ventana polarizada mientras uno de los custodios de su padre descendía para hablar con el guardia. En el asiento delantero, Leonardo mantenía la mirada firme al frente, como si anticipara problemas que aún no existían.