Recuerdo la sensación de descubrir por primera vez una súper escuela donde lo habitual son poderes inesperados y muy variados. En mi experiencia, predominan las habilidades que alteran el cuerpo o las capacidades físicas: fuerza sobrehumana, velocidad, reflejos agudizados y resistencia extrema. Esos talentos son los que suelen brillar en las pruebas de combate y en los entrenamientos de supervivencia, porque se notan rápido y se pueden pulir con ejercicio y técnica.
Por otro lado, hay una gran presencia de poderes elementales y de manipulación energética: fuego, electricidad, hielo, y hechizos de energía que se usan tanto para ataque como para defensa. En ese ecosistema, también emergen los que ayudan a coordinar equipos —curación, escudos, o habilidades de apoyo táctico— que suelen ser menos espectaculares pero igual de indispensables para misurarse en misiones peligrosas. Me encanta ver cómo la escuela enseña a combinar todo eso en estrategias reales y cómo los estudiantes aprenden a trabajar en roles complementarios en lugar de competir sólo por ser el más fuerte.