El Precio de la Traición
—Señor Coudet… por favor, no se ponga así… —dijo Alan, quitándose los guantes, con el rostro serio.
Los gritos de Bruno se apagaron, y se soltó la nariz.
—¿Cómo que «no se ponga así»? —preguntó, acercándose a Alan, mirándolo fijamente.
Alan, en vez de mirarlo, señaló el cuerpo. Ya ni siquiera se podía reconocer mi rostro.
—Señor Coudet, fue un accidente… su esposa está muerta. Tuvo problemas durante el parto.