BAJO EL DOMINIO DEL MAFIOSO
Y su mirada—fría, voraz, repleta de un placer cruel—le dejó claro que no tenía escapatoria.
Zaid no era un simple criminal. No como Reinhardt, que, aunque despiadado, siempre tenía un propósito, una estrategia, un control sobre sus actos. Zaid era otra clase de monstruo. Un ser desprovisto de humanidad, que encontraba placer en el sufrimiento ajeno, que convertía el dolor en su entretenimiento personal. En el bajo mundo, su nombre era sinónimo de terror. Se decía que disfrutaba despedazar lentamente a sus víctimas, que jugaba con ellas hasta que se quebraban, que las sometía hasta que su voluntad desaparecía. No importaba si eran hombres o mujeres, pues para Z