Amor Devorado por el Fuego
Sentada en el rincón del salón, observé al hombre que una vez me hizo incontables promesas, ahora jurando amor eterno a la mujer que me lo arrebató todo.
—Susana, te amaré por siempre.
Ella correspondió al beso. —Yo también.
Irene, abajo, lloraba a lágrima viva: —Ojalá Susana fuera mi hija de verdad.
Antonio le enjugó las lágrimas, con los ojos también enrojecidos. —No digas tonterías, mamá. Susana es tu hija, mi hermana, el orgullo de todos nosotros.
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