OBSESIVO
Los ojos negros, como carbón quemado, brillaban con un destello fiero y silencioso, que rayaba la amenaza.
—¿Realmente quieres eso, Dorian? —dijo finalmente el hombre con un aire enojado—. Más que tu secretario, soy tu amigo. Sí se sabe que la retienes aquí, ¿qué pasará?
Dorian se irguió suavemente. Sus rasgos, recortados por la luz, eran la personificación de un hombre que no duda, que no teme. Que no se arrepiente. Yo había crecido sin fiarme de ningún hombre y sabía reconocer cuando uno es peligroso, y este lo era.