Mi Oscuro Hermanastro, tengo a tus mellizos
Melissa jadeaba, su espalda pegada al papel tapiz caro, mientras sus uñas se enredaban en su cabello.
Estaban haciendo el amor como si fuera la última vez, salvaje, urgente y desesperado, porque no fue romántico, sino una necesidad cruda y feroz.
La devoraba sin límites, con una intensidad salvaje, apasionada, como si hubiera pasado una eternidad sin tocarla. Los dos se fundieron en una danza de piel y gemidos, entre caricias violentas y susurros necesitados. Él marcó su territorio en cada beso, en cada embestida, mientras ella se entregaba completamente, sabiendo que no podía escapar de ese fuego.