Tres Castigos para el Alfa
El día que Cole, mi compañero destinado, se paró frente al altar para unirse a Kate, su amor de la infancia, yo estaba ahí, de pie entre la multitud y aplaudiendo.
La manada entera asumió que yo había perdido la cabeza por culpa del despecho.
Cole pensó exactamente lo mismo. Se acercó hacia mí a zancadas, atrapó mi muñeca con una fuerza brutal y me gruñó una advertencia al oído:
—Este es el mayor sueño de Kate, el único deseo que ha pedido en toda su vida. Está muy frágil. Quién sabe cuánto tiempo le quede. No querrás cargar con la culpa de verla morir con este arrepentimiento, ¿verdad?
Le dediqué una sonrisa para ocultar mi asco y le di un trago a mi copa de champán.
—Por supuesto que no —respondí.
En mi vida pasada, vi a Kate burlarse de mí en mi cara mientras se escondía en los brazos de Cole. Esa vez perdí los estribos, grité a los cuatro vientos toda mi furia y arruiné la estúpida ceremonia hasta obligar al Alfa a cancelarla.
Kate no soportó la humillación pública. Salió huyendo con su típica actuación de víctima y murió en un accidente de auto.
Como venganza, Cole inventó cargos de traición a mis espaldas para destruir a mi manada. La Alianza encarceló a mis padres y los condenó a morir de hambre en una celda durante diez días.
Yo fui exiliada. Me convertí en una renegada y encontré mi fin acorralada y despedazada por una jauría salvaje. Fallecí con una sed de venganza que me nacía del alma. Pero en esta nueva vida, le iba a dar justo lo que se merecía.
Por cada traición en mi contra, le arrancaría uno de los privilegios que mi familia le otorgó a su manada. Tres traiciones. Tres privilegios.
Y al final, el gran Alfa se quedaría sin nada.