Quédate Conmigo
Dentro, en el pecho, latía la misma promesa que Sebastián había susurrado: *Volveremos juntos.
Y entonces, en la pantalla de mi teléfono, salió una última imagen antes de que la conexión se cortara: un fotograma congelado de mí, mirando por la ventana, con la hora exacta estampada en la esquina. Un recordatorio frío: alguien podía ver todo.
La línea entre ver y hacer daño se había desbordado.
Y la oferta estaba hecha: el tablero estaba puesto y la partida, oficialmente, había empezado.