Amargo Contrato de Matrimonio
En ninguna de ellas había signos de intimidad, pero era evidente el interés del hombre por Elizabeth y sus gestos de alegría al volver al coche.
John cerró los ojos, se recostó en la silla y luchó contra el dolor que lo ahogaba.
“Dios... si estoy siendo castigado, me lo merezco. Pero, por favor, no me dejes perderla. Tráeme de vuelta”.
Y entonces, como un eco lejano, recordó las palabras del sacerdote en aquella confesión solitaria:
“El perdón no se concede a quien solo lo pide, sino a quien está dispuesto a cambiar”.