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Me Forzó a Parir y Perdió Todo

Me Forzó a Parir y Perdió Todo

El día en que Elizabeth Marcial estaba a punto de dar a luz, Agustín Vázquez, mi esposo, me llevó por la fuerza al hospital para inducirme el parto, cuando yo apenas tenía siete meses de embarazo. Me encerró en la sala de partos con el rostro desencajado. —Mónica, el bebé de Elizabeth tiene una enfermedad rara. En cuanto nazca, morirá. El doctor dijo que necesita la sangre del cordón umbilical y unas células madre especiales que solo pueden obtenerse durante el parto para salvarse. Rafael ya murió. Ahora me toca a mí cuidar de ella y de ese niño. La aguja de inducción, de casi diez centímetros, se me clavó sin piedad. Las contracciones me hicieron sudar frío del dolor. —Elizabeth ha estado bien todo el embarazo. ¿Cómo que el bebé tiene una enfermedad rara? Yo, en cambio, he tenido que cuidarme desde el primer día. Si haces que nuestro bebé nazca tres meses antes de tiempo, nos vas a matar a los dos. Agustín frunció apenas el entrecejo y me inmovilizó con fuerza contra la cama. —El doctor ya lo explicó. Solo van a adelantar el parto dos meses. No te va a pasar nada. Al oír los gritos de Elizabeth en la sala de al lado, su mirada se endureció de golpe, como si hubiera llegado a una conclusión. —¿No será que, porque siempre estoy pendiente de Elizabeth, quieres aprovechar esta oportunidad para quitarla de en medio? Ya te dije hace tiempo que la cuido por Rafael. ¿Cómo puedes ser tan cruel? Miré la sangre que no dejaba de brotar y, entre lágrimas, le rogué que tuviera piedad de nuestro bebé. Le dije que, si eso era lo que quería, yo me divorciaría y los dejaría en paz. En los ojos de Agustín no había nada más que fastidio. —No digas tonterías. Soy su padre. ¿Cómo voy a querer hacerle daño? Después de que usaron la sangre del cordón umbilical de mi bebé y las células madre extraídas durante el parto para salvar al hijo de Elizabeth, ella y su hijo quedaron fuera de peligro. Solo entonces Agustín se acordó de venir a vernos. Pero cuando entró en la habitación, sobre la cama solo había dos certificados de defunción: el mío y el de mi bebé.
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La Bruja perdida del Alfa

La Bruja perdida del Alfa

Claire Wilkins
Morgan lleva una vida tranquila como la herborista de su pueblo, pero la verdad es que tiene un secreto. Es una bruja. Un día, un cambiaformas llamado Shane afirma que Morgan es su compañera destinada e insiste en que ella venga con él. Ella se niega, pero Shane accidentalmente la expone como una criatura sobrenatural a su pueblo, y ahora ella debe comenzar su vida de nuevo en su manada. Cuando la línea entre el odio y el amor comienza a difuminarse, un cazador de monstruos los rastrea, y un anciano de la manada de Shane comienza a presionar para que Morgan sea exiliada. Pronto, su amor no es lo único que puede que no sobreviva por mucho tiempo… *** "¿Está bien esto, Morgan?". Su piel se siente como terciopelo bajo mi mano áspera. "Sí." Me inclino hacia abajo y presiono mis labios suavemente contra su garganta. Tan pronto como mis dientes afilados perforan su piel, ella arroja hacia atrás su cabeza y gime en éxtasis. Escuchar sus gemidos hace que mis pantalones se ajusten con necesidad. Quiero hacerle tantas cosas diferentes. «La Bruja perdida del Alfa» es una obra de Claire Wilkins, una autora de eGlobal Creative Publishing.
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Esta Luna No Perdona

Esta Luna No Perdona

Ryder, mi esposo y el Alfa de la manada, siempre ha odiado el llanto de los cachorros. Pero últimamente, empezó a cuidar al cachorro recién nacido de mi hermana adoptiva, quedándose a su lado en la guardería cada noche, hasta el amanecer. Cada vez que salía de nuestro hogar para ir a la guardería, un dolor fuerte e inexplicable me partía el corazón. Esta agonía duraba toda la noche, hasta que regresaba al amanecer. Pero llegué al límite. En el festival de la luna llena, anuncié frente a toda la manada que rompería nuestro vínculo. El enlace mental de la manada estalló en murmullos; todos pensaban que la batalla me había afectado el juicio. Una luz dorada se encendió en los ojos de Ryder mientras me miraba con incredulidad. —¿Solo porque estuve ocupado para ver cómo estabas después de que te hirieron, vas a romper nuestro vínculo? ¿Y todo por un cachorro de seis meses? Evité su mirada. En lugar de eso, mi vista se detuvo en la leve marca de labial corrida en el interior de su cuello. Aunque me temblaba la voz, me mantuve firme. —Ya que tanto quieres a su cachorro, en cuanto nuestro vínculo se rompa, podrás ser su padre sin tener que esconderte.
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Noventa y nueve veces te perdoné

Noventa y nueve veces te perdoné

¿Cuánto me llegó a amar mi esposa? En aquel entonces, me pidió noventa y nueve veces que nos casáramos. Fue recién a la centésima cuando su insistencia terminó por conmoverme. El día de nuestra boda, le regalé noventa y nueve vales de reconciliación. Prometimos que, mientras le quedara uno solo, yo nunca me iría de su lado. Tras cinco años de casados, ella canjeaba un vale cada vez que salía a ver a su alma gemela. Al usar el número noventa y siete, ella notó de pronto que algo en mí había cambiado. Ya no había lágrimas ni escenas, ya no le suplicaba que se quedara a mi lado. Una vez, mientras ella perdía la cabeza por atender a su joven y mimado secretario, le pregunté en voz baja: —Si te vas con él, ¿puedo cobrar un vale de reconciliación? Se quedó pasmada un segundo y, extrañamente, cedió: —Está bien. Total, apenas habremos usado unos sesenta. Úsalo si quieres. Asentí y la dejé irse. No se imaginaba que era el noventa y siete. Ni que solo nos separaban dos vales del final.
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Renacida: Dejé al Don suplicando

Renacida: Dejé al Don suplicando

Los Vale dirigían la organización criminal más poderosa de Nueva York. Desde pequeñas fuimos reclutadas y entrenadas minuciosamente con un único y escalofriante objetivo: que una de nosotras ocupara el lugar de la futura esposa del jefe. Aunque ese título no era más que una fachada para ocultar la cruel realidad: la elegida se convertiría en su escudo, su arma y su protectora más leal. Alguien capaz de matar o dar la vida por él. Con el paso de los años, las demás fueron desapareciendo una tras otra, hasta que solo quedamos Elara Quinn y yo. Sin embargo, Elara fue asesinada en una misión secreta, llevándose consigo cualquier posibilidad. Terminé siendo la esposa de Adrián Vale por una simple y trágica razón: ya no quedaba nadie más que pudiera ocupar ese lugar. Había dado todo por él y lo amaba con toda mi alma. Creía ciegamente que Adrián también sentía lo mismo por mí... hasta que una bala atravesó mi pecho. Mientras agonizaba en el suelo, luchando por respirar, escuché su fría voz dirigiéndose a su asistente: —No la entierren en el panteón de los Vale. El lugar reservado junto al mío es para Elara. Esa frase lo decía todo. Ella ni siquiera había vivido lo suficiente como para casarse con él, pero ya tenía asegurado su sitio eterno a su lado, incluso después de muerte. Yo había recibido el balazo que debió haberlo matado, y aun así, mi sacrificio no bastaba para que me enterraran a su lado. A continuación, mis ojos se cerraron lentamente y, al volver a abrirlos, me encontré de pie en el gran salón, el día exacto en que los Vale anunciaron oficialmente a Adrián como su nuevo jefe. El día en que todo comenzó.
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No Quedan Más Perdones

No Quedan Más Perdones

Cada vez que mi esposo, Dave Tarrett, se quedaba a dormir en casa de su exnovia, Maggie Gorringe, me regalaba un edificio más. A los dos años de casados, ya tenía 285 propiedades comerciales distribuidas por todo el país. Y eso significaba que Dave me había traicionado 285 veces. Después de recibir la escritura de la propiedad número 286, Maggie me envió otro de sus videos burlones. —¿Y qué importa que Dave te dé dinero? Soy yo quien tiene su corazón y su cuerpo. Tal vez seas una supermodelo famosa en todo el mundo, pero ni siquiera puedes hacer que tu propio esposocomparta la cama contigo. No valía la pena discutir. En vez de eso, le envié el nuevo conjunto de Victoria's Secret de mi desfile más reciente. Cuando Dave se enteró de mi "generosidad", decidió compensarme llevándome a una reunión de la alta sociedad. Durante uno de los juegos de la fiesta, Maggie perdió tres veces seguidas y recibió el reto de lamer crema batida del muslo de un playboy. Maggie tomó una botella de vino, la rompió de un golpe y presionó el vidrio afilado contra su cuello. —¡Dave, no permitiré que me humillen así! Dave, que siempre aparentaba ser frío e indiferente, se puso nervioso de inmediato. Después me miró a mí. Como siempre. —Es solo crema batida —dijo en voz baja—. Hazlo por ella. Te prometo que esta noche me iré a casa contigo. Todos esperaban que armara un escándalo. Pero permanecí serena y acepté sin protestar. Él no sabía que esta era la vez número 287 que me rompía el corazón. Y yo ya estaba cansada de ser su obediente mascota. Cuando terminara de pagar la deuda que tenía con él por haberme salvado la vida, nuestro matrimonio terminaría para siempre.
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La señora no perdona al infiel

La señora no perdona al infiel

Con veinticinco semanas de embarazo, Julieta García descubrió la infidelidad de su esposo durante una revisión prenatal. Con el cuerpo hinchado por la gestación y un aspecto descuidado, sostenía con dificultad su vientre abultado, mientras la joven amante de su marido la llamaba esa mujer. Delante de todos, él la miraba con un desdén abierto Pero la primera vez que Julieta conoció a Héctor Gómez, ella también fue el centro de todas las miradas, admirada y rodeada de halagos. Convencido de que ella había logrado casarse con él gracias a esa relación, Héctor tomó la iniciativa de divorciarse. En ese instante, su corazón murió por completo. Desde los años universitarios hasta el mundo laboral, ocho años de amor silencioso y de entrega absoluta demostraron no valer nada. Tras dar a luz, Julieta firmó el acuerdo de divorcio y se marchó sin volver la vista atrás. *** Cinco años después. Ella se había convertido en una poderosa empresaria multimillonaria. Era deslumbrante, segura de sí misma, talentosa, y no le faltaban pretendientes. El mismo Héctor, que en su momento insistió en divorciarse, nunca llegó a recoger el certificado de divorcio. Julieta presentó entonces una demanda judicial. Héctor, que antes la despreciaba, empezó a aferrarse a ella y, frente a cada pretendiente que se le acercaba, respondía con una venganza implacable. Hasta que Julieta apareció del brazo de otro hombre y anunció su compromiso. Héctor la acorraló contra la pared, fuera de control, y le espetó con voz ronca: —¿Casarte con otro hombre? Ni lo sueñes.
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Dayami Hinojosa
Por favor señorita Escritora haga unos episodios más en donde Julieta se de cuenta que ella es la hermana que Jairo siempre tuvo en su mente, y por ella y su señor padre fue que se quiso independizar y ya no tener tratos con la familia Quintana que Jairo se case con Jimena, Carlos se merece a Jul
Anii Queen
La novela tiene su atractivo, está buena, es atrapante pero por partes se vuelve densa y repetitiva. en distintos capítulos se repiten párrafos y otras veces están mal escritos. Por otro lado la aplicación está buena, cumple con lo que promete. Puedo agregar que No le creo nada a Héctor! Saludos...
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Miope y perdida en el juego del terror

Miope y perdida en el juego del terror

Cuando entré en aquel juego de terror, mi miopía extrema me jugó una mala pasada. Con la poca visibilidad que tenía, a la niña fantasma del vestido rojo la consideré como si fuera mi propia hija. Al Boss lo adopté ni más ni menos que como a mi esposo, y a esas criaturas viejas y extrañas, las traté con esmero al verlas mis propios padres. La primera vez que me topé con el Boss, no pude evitar acercarme y darle un toquecito en los abdominales mientras le decía: —¡Qué cuerpazo te cargas, mi vida! Lástima que estés tan chaparrito... Él soltó una risa bastante tensa, se puso la cabeza que tenía cortada de vuelta en el cuello, y mostrándome los dientes me soltó: —¡Mido un metro ochenta y seis! ¿Y ahora qué me dices?
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El Don que perdió a su novia ante su mayor enemigo

El Don que perdió a su novia ante su mayor enemigo

Estuve con Don Massimo durante cinco años. Durante todo ese tiempo, él nunca ocultó a su favorita: Cara. La hija de su chófer. El hombre que recibió una bala por él. Él lo llamó «pagar una deuda». Y yo, como una tonta, se lo creí. Le dio joyas. Autos veloces. Incluso le compró una maldita isla. Tres días antes de la boda, descubrí que había cambiado el lugar. No en la finca de mi familia en Sicilia. Sino en la isla. La isla de ella. ¿Su excusa? Cara era claustrofóbica. No soportaría una gran boda en un lugar cerrado. Estaba harta. Tres días después, la boda se celebró en esa isla. Pero la novia no apareció. Massimo fue humillado públicamente. Recorrió la ciudad de esquina a esquina, buscándome. Fue entonces cuando lo descubrió. Pensó que se casaría conmigo. En cambio, me casé con su mayor enemigo. Nikolai Volkov. El padrino de la Bratva rusa. Dejó a Cara. Corrió a la finca de mi familia y esperó. Siete días y siete noches. Con flores, un anillo y un montón de súplicas.
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El Don Me Traicionó y Me Perdió

El Don Me Traicionó y Me Perdió

Por culpa de Sofia Smith, Luca Vitale y yo pasamos tres años entre rupturas y reconciliaciones. Yo ya estaba exhausta, rota por dentro y completamente desesperada, así que al final elegí a Marco Rossi, el Don que llevaba años insistiendo en conquistarme. Estuvimos juntos cinco años. Él siguió amándome como el primer día, y yo también creí, con toda el alma, que no me había equivocado al elegirlo. Pero todo se vino abajo en la despedida de soltero, una semana antes de la boda. Su hombre de confianza estaba tan borracho que habló de más. —Señor, no puedo creer que Anna de verdad se haya enamorado de usted. ¿Ella sabe que usted solo se casa con ella para que Sofia pueda quedarse con Luca? Marco esbozó una sonrisa, pero no lo negó. —Mientras Sofia pueda quedarse con Luca, me da igual con quién me case. La verdad, al principio me acerqué a Anna por interés, pero después sí terminé enamorándome de ella. Y ni se te ocurra decirle nada de esto a Anna. Ya sabes que lo que más odia es que la engañen. Si se entera, me va a dejar como dejó a Luca. Y eso no me conviene en lo más mínimo. Me sequé las lágrimas, me di la vuelta y acepté el matrimonio por alianza familiar.
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