LA LOBA DE LAS CICATRICES Y SU ALFA OBSESIVO
Su llanto estalló sin contención, convulsivo, desesperado, mientras enterraba el rostro contra su muslo.
—Alfa… —sollozó—, por favor, perdóneme… se lo ruego. Perdóneme, por favor… Nada de lo que hice fue con la intención de hacerle daño —continuó, suplicante—. Yo jamás quise herirlo, nunca… en ningún momento —apretó su agarre, temblando—. Por favor, perdóneme. Deme otra oportunidad. Se lo suplico… perdóneme la vida, Alfa… perdóneme…