Un juego del destino
—él sonrió.
—Puedes llamarme, suegro. —Emma se sonrojó aún más. —Pero si no te es cómodo, solo dime Adler.
—No podría dirigirme a usted de esa manera, lo siento. —Adler sonrió.
—Lo entiendo, entonces, por el momento, llámame, “señor” solamente. —Emma asintió. —Entonces, me preguntas, si creo en el destino, déjame decirte que sí. Creo en el destino, en las conspiraciones del universo y todo ese tema. Conocí a mi esposa cuando menos lo esperé, en el tiempo que debía de ser y circunstancia. —la mirada de Adler se detuvo fijamente en un salero que estaba en el centro de la mesa. —Así como cuándo se marchó. —luego levantó la mirada y observó a Emma. —Todo mundo está donde debe de estar. Causa y e