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Le entregué mi corazón y desaparecí el día de nuestra boda.

Le entregué mi corazón y desaparecí el día de nuestra boda.

—Ese video del chat grupal se grabó en tu suite nupcial, ¿verdad? —preguntó una de las mujeres con una sonrisa cargada de malicia—. ¿Divertirte con otras mujeres delante de las narices de Adela? Qué descarado. Lorenzo se echó hacia atrás, hizo girar el trago dentro del vaso y asintió con una expresión de absoluta suficiencia. —Sí, así fue. Antes estaba demasiado enfermo para hacer la mitad de las cosas que quería —añadió, dándose unos golpecitos en el pecho—. Pero después del trasplante comprendí que pasar el resto de mi vida con una sola mujer sería un desperdicio imperdonable. La habitación estalló en carcajadas. Lorenzo esperó a que el bullicio disminuyera antes de continuar. —Me he propuesto una meta: estar con mujeres en cien lugares distintos antes de la boda. En cuanto me case, sentaré cabeza. A partir de ese día, mi cuerpo y mi matrimonio pertenecerán por completo a Adela. Las risas volvieron a inundar la habitación y varias copas se alzaron para brindar. Yo permanecía al otro lado de la puerta, inmóvil, con una mano presionada contra mi pecho, justo donde aquel corazón artificial seguía latiendo con regularidad. Lorenzo nunca supo que yo había aprendido su idioma. Tampoco sospechaba que ya había descubierto su aventura con Vera, la maestra de ceremonias de nuestra boda y la mujer con la que me engañaba a mis espaldas. Y, del mismo modo que él me había ocultado algo, yo también le había guardado un secreto. Había contratado un servicio de muerte asistida en el extranjero.
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El Engaño de Alfa

El Engaño de Alfa

Acepté transferirme fuera de la Academia Lobo Central junto con Lucien porque él decía que lo estaban acosando. Con dieciocho años, y aún sin despertar, en una academia obsesionada con la pureza de sangre y la dominancia, él destacaba… pero por las razones equivocadas. Por eso me rogó que me fuera con él: que nos cambiáramos a una escuela menos exigente, donde el linaje importara menos. El día anterior a que diéramos fin a todo, fui a buscarlo. Fue entonces cuando lo escuché. Uno de sus compañeros Beta habló arrastrando las palabras, divertido: —Te la concedo, Lucien. Fingir que te estaban cazando solo para lograr que ella dejara la Academia Central por ti. —Ustedes crecieron juntos —vaciló otra voz—. ¿De verdad vas a dejarla ir así? —Ni siquiera es al otro lado del mundo. Va a estar bien —respondió Lucien sin pensarlo, con un tono relajado y un tanto divertido, antes de tornarse más frío—. Se me pegó desde que éramos niños. Ya me estaba cansando. Esto es… eficiente. No lo enfrenté, sino que me limité a darme la vuelta e irme. De regreso en mi habitación, volví a abrir la solicitud de transferencia. Taché el nombre de la academia de hombres lobo común a la que él decía que necesitaba… y escribí la que mis padres habían insistido durante años. Todos habían olvidado algo. Yo era la única heredera de la manada Bloodmoon. Y Lucien —un hijo ilegítimo al que el Alfa de Silvercrest apenas toleraba— jamás tocaría el trono Alfa sin un vínculo formal conmigo. Algún día, él comprendería que lo que había desechado no había sido solo mi devoción.
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La Traición De Mi Esposo Bajo Mi Bisturí

La Traición De Mi Esposo Bajo Mi Bisturí

Llevaba cinco años casada con Matteo, el Don de los Lamberti. Nadie sabía que yo era su esposa. No me interesaban los privilegios ni llamar la atención, así que preferí mantenerme invisible. Estábamos enamorados. Se sentía como si todavía estuviéramos saliendo, como en los primeros días. Pero mi primer día en el nuevo hospital lo echó todo a perder. —No lo va a creer. —Una colega se acercó con una sonrisa—. ¿A que no sabe quién es el esposo de la nueva paciente? Matteo Lamberti. Me quedé paralizada. “Si ella era su esposa... ¿entonces quién era yo?” Estaba embarazada. Esperaba al futuro heredero de los Lamberti. “¿Entonces qué lugar tenía el bebé que yo esperaba?” Mantuve la compostura. Hice la revisión y me comporté como una doctora profesional. Nadie notó el pánico que me carcomía por dentro. Me dije que solo eran rumores. Mentiras. Tenía que ser así. Luego escuché a Matteo llamarla “mi princesa”. Eso fue todo. Él ya tenía una nueva “princesa”. Y yo tenía que dejarlo ir.
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Después de fingir mi muerte

Después de fingir mi muerte

Después de declararme ciento una veces a mi amor de la infancia, él terminó casándose con la mujer de sus sueños. Con el corazón hecho pedazos, tomé una decisión impulsiva, casarme con su hermano, quien siempre había estado enamorado de mí. Luego de casarnos, él me consintió en todo. Su amor era intenso, abierto, casi desbordante. Todos decían que yo era increíblemente afortunada por haberme casado con un hombre que me amaba tanto. Pero el día en que la mujer de su hermano y yo caímos al agua al mismo tiempo, lo vi con mis propios ojos, él, que ni siquiera sabía nadar, se lanzó sin dudarlo… pero no por mí. Nadó desesperadamente hacia ella, y bajo el agua le dio respiración boca a boca. Mientras yo luchaba por mantenerme a flote, rogando que me mirara aunque fuera una vez, él solo se preocupó por llevarla a la orilla, dejándome a merced del mar. Cuando apenas recobraba la conciencia en el hospital, escuché cómo él y su hermano acabaron a los golpes por quién se quedaría a cuidarla… y entre gritos, él le dijo lleno de dolor: —Me casé con Elena sacrificándome, solo para que no interfiriera en tu felicidad con Victoria. Déjame verla… aunque sea una vez, ¿sí? Y en ese momento fue entonces cuando lo entendí. Nunca nadie me había amado de verdad. Así que tomé una decisión. Contraté un servicio para fingir mi muerte y desaparecer para siempre. Pero cuando la noticia de mi “muerte” llegó a sus oídos, aquel hombre siempre frío y sereno apartó a Victoria, se inclinó y escupió sangre. Y en una sola noche, su cabello se volvió completamente blanco.
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El aborto: el fin de mis sufrimientos

El aborto: el fin de mis sufrimientos

En mi sexto mes de embarazo, mi hermana menor, Clara Soto, sufrió un accidente de tráfico. Debido a la pérdida de sangre, requirió con urgencia un donante compatible. Y, según los exámenes, yo era la única que podía salvarle la vida. Sin embargo, debido a que durante los últimos meses de embarazo había perdido peso, me recomendaron no donar. Aun así, mi familia me obligó. Por lo que, sin fuerzas para oponerme, esperé que mi esposo me ayudara a salir de esa situación. No obstante, se quedó a un lado con los brazos cruzados, diciendo: —Estás bien de salud. Donar sangre no te afectará en nada. Clara tendrá un futuro brillante, no voy a permitir que lo destruyas. Después de la donación, me desmayé. Y, cuando desperté, supe que algo dentro de mí se había roto. Por lo que, sin decir ni una palabra, lo primero que hice fue agendar un aborto.
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El Elixir que Robó Mi Amor

El Elixir que Robó Mi Amor

Mi prometido era el neurocientífico más brillante del país. Pero su amiga de la infancia, enferma de cáncer terminal y solo tenía un mes de vida, por lo que, para acompañarla en ese último tramo del camino, él me obligó a tomar una dosis experimental de un fármaco que borra la memoria, una creación suya, aún secreta. Durante ese mes en que yo lo olvidé todo, él organizó una boda con su amiga, la llevó de luna de miel, y juntos, prometieron reencontrarse en otra vida, en medio de un campo lleno de flores. Un mes después, bajo una lluvia que calaba hasta los huesos, él cayó de rodillas frente a mí, con los ojos llenos de desesperación y la voz hecha trizas: —La droga solo duraba un mes... ¿Por qué me olvidaste para siempre?
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El Regalo Mortal para Mi Familia

El Regalo Mortal para Mi Familia

Morí el día de mi cumpleaños, pero ni mis papás ni mi esposo se dieron cuenta. Todos estaban de lleno en los preparativos de la fiesta de cumpleaños de mi hermana gemela, Alicia Gonzáles. Mientras todos la rodeaban para escoger su vestido de gala, a mí me habían amarrado de pies y manos y me habían arrojado al sótano. Con las últimas fuerzas que me quedaban y con los dedos ya torcidos, logré marcar el 9395, la señal que Sergio Sandarti y yo habíamos acordado para pedir ayuda en caso de peligro. Nunca imaginé que llegaría el día de tener que usarla de verdad. Pero Sergio no me creyó. Respondió con frialdad: “¿De verdad haces tanto drama nada más porque no te llevamos a comprar un vestido nuevo? El del año pasado todavía te queda bien. Nos vemos más tarde en la fiesta, deja de hacer escándalo”. Él no sabía que mi vestido ya lo había destrozado Alicia. Tampoco sabía que, en cuanto colgué la llamada, yo ya estaba muerta. Así que no asistí a la fiesta de cumpleaños. Pero cuando todos vieron el regalo que yo había preparado con anticipación para Alicia, se volvieron locos.
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Cenizas de su engaño, ecos de mi verdad

Cenizas de su engaño, ecos de mi verdad

En mi vida anterior, Enzo Saletta me salvó del incendio y Chiara Bellini murió en mi lugar. Durante meses, él me cuidó como un esposo devoto, custodiando la puerta de mi habitación en el hospital, comprando regalos para nuestro hijo no nacido… Incluso, me dijo que nada de aquello había sido mi culpa. Y yo le creí… Hasta la noche después de dar a luz. Nuestro hijo dormía a mi lado y yo estaba demasiado débil para moverme, todavía adolorida por el parto, pero, durante un breve instante, creí que estábamos a salvo. Entonces olí el humo y, cuando intenté huir, comprobé, para mi pesar que… ¡la puerta no se abría! Al otro lado de la puerta cerrada con llave, oí la voz de Enzo: —Me arrebataste a Chiara. Ahora arde con tu hijo. Grité su nombre hasta que la garganta me sangró. Pero ni él ni nadie abrió la puerta, por lo que, sin poder hacer nada para evitarlo, las llamas nos devoraron a mi hijo recién nacido y a mí. Cuando volví a abrir los ojos, estaba otra vez dentro de aquel almacén en llamas, con cinco meses de embarazo, sintiendo cómo el humo impregnaba mis pulmones. Chiara seguía viva. Y, con eso presente… decidí que esa vez no llamaría a Enzo. Por el contrario, esperé hasta que él llegó y lo vi cargar primero con Chiara para sacarla de allí. Luego me arrastré sola entre el fuego, sangrando por un hijo al que él jamás tendría oportunidad de matar. Todos creyeron que yo había provocado el incendio. Todos me etiquetaron de celosa, cruel… demente. Pero habían olvidado algo. Antes de convertirme en la esposa de Enzo Saletta, yo era la mujer que ayudó a construir el sistema de seguridad de la familia Carmine. Chiara borró la grabación principal, pero no la mía.
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El Precio de la Traición

El Precio de la Traición

Estaba a punto de dar a luz cuando Liana, la ex de mi esposo, llegó a nuestra casa con la excusa de que solo se quedaría unos días. Cada vez que me veía, se llevaba la mano al pecho, como si el solo hecho de verme embarazada la hiciera sufrir. Bruno, mi esposo, estaba convencido de que yo estaba provocándola a propósito, solo por tener la barriga enorme. —Lia no se siente bien, no puede tener hijos. ¡Y tú sigues paseándote así, como si nada! ¡Se nota que necesitas una lección para que aprendas! Dicho esto, mandó que me encerraran en el viejo ático que llevaba años sin usarse, y ordenó que nadie me subiera comida. Lloré y le rogué que me dejara salir. Le expliqué que la última ecografía mostraba que los gemelos eran enormes, que el doctor había dicho que debía ir al hospital de inmediato. Pero, para él, eso fue como si le contara un chiste sin gracia. —Todavía faltan tres días. No me vengas con cuentos —me respondió sin una sola gota de compasión—. ¡Ve al ático y ponte a pensar en lo que hiciste! ¡Pagarás por estar molestando a Lia! Las contracciones eran tan brutales que, arañando la madera podrida, acabé arrancándome las uñas. Gritaba tan fuerte que me dolía la garganta, pero nadie acudió en mi auxilio. La sangre me cubría el cuerpo y empapaba todo el suelo. Uno de los bebés ya había salido, pero el otro se quedó atrapado en mi vientre, atorado en un baño de sangre. Tres días después, Bruno estaba sentado, tomando sopa y, como si nada, dijo: —Que Michelle me sirva más sopa y le pida perdón a Lia. Si lo hace, la llevaremos al hospital para que tenga a los niños. Nadie dijo nada. Porque la sangre que bajaba desde el ático ya había llegado hasta el segundo escalón.
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Mi Esposo Defendió a la Asesina de Mi Suegra

Mi Esposo Defendió a la Asesina de Mi Suegra

Mi suegra tuvo un accidente de tránsito y fue llevada al hospital. Llamé más de veinte veces a mi esposo, Samuel López, que era abogado, pero solo conseguí que me respondiera en la última. —¿Qué cuento te estás inventando ahora? Sandra está en problemas y tengo que ayudarla. Deja de hacer berrinches. Apenada por sus palabras, le informé de la situación de su mamá y le pedí que me transfiriera diez mil dólares para pagar los gastos médicos. No obstante, engañado por su primer amor, Sandra López, simplemente se redujo a botarme palabras impacientes: —El accidente de tráfico que sufrió tu mamá no tiene nada que ver conmigo. No trates de usar mi dinero para ayudar a tu familia y déjame en paz. Estoy muy ocupado ahora. Dicho esto, colgó la llamada sin esperar a mi respuesta. Entre tanto, habían anunciado el fallecimiento de su madre, tras un intento fallido de reanimación. Tres días después, volví a verlo en la audiencia: estaba defendiendo con entusiasmo a su primer amor, quien se encontraba en el banquillo por conducir ebria. Gracias a sus excelentes habilidades como abogado, Sandra fue declarada inocente, basándose en la falta de pruebas. Muy decepcionada, le propuse el divorcio al terminar la audiencia. Pero él se puso nervioso: —Mi mamá es tan buena contigo. Si te divorcias, ¡se va a poner muy triste! Le sonreí con indiferencia y luego le aventé contra la cara las facturas de los gastos médicos y el certificado de defunción. Qué estúpido era este tipo. Aún no sabía que su madre había fallecido.
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