EN LOS BRAZOS DEL ENEMIGO DE MI ESPOSO.
del pasillo, preguntándose si en algún lugar de este mundo de monstruos, existía alguien capaz de salvarla de la oscuridad que acababa de reclamarla.
La mansión Petrov se erguía como un monstruo de cristal y acero sobre la colina, devorando la noche con sus luces frías. El bosque que la rodeaba parecía susurrar amenazas, vigilando cada respiración de Anastasia. Cuando bajó de la limusina, el viento helado le cortó la piel, pero no era nada comparado con el terror que le congelaba el alma. Damián no la guio: la arrastró del brazo con fuerza brutal, sus dedos clavándose como garras en su carne tierna. El personal, alineado en el vestíbulo de mármol, mantuvo las cabezas bajas, mudos cómplices d