Las Joyas de Sangre
Para la Emperatriz no era suficiente con arrebatarle su marido y su hijo mediante el acero y la intriga; faltaba destruir la dignidad, el último refugio del linaje.
Entonces, el aire del salón cambió de densidad. Unos ruidos elegantes, metálicos y con un ritmo marcial parecieron ingresar por la gran puerta de invitados. El eunuco principal, con el rostro pálido por la tensión, anunció el ingreso de la Madre de Inglaterra. Ese título específico, pronunciado con la solemnidad de los antiguos rituales, provocó un espasmo de rabia en las facciones de la Emperatriz; le molestaba de sobremanera que los demás pronunciaran ese nombre pa