Dragón
Las fosas nasales del noruego se hincharon, tal vez por su pesada respiración, este, colocó ambas manos sobre la alfombra manchada de su propia sangre, buscando la forma de colocarse en pie, y una vez lo logró, caminó hacia mí con pasos seguros.
—¿Te arrepientes de haberte acostado conmigo? —Hiraku, bajó el teléfono, al notar como su yerno, agarraba con bestialidad mi mentón; mi entrecejo se arrugó por la presión exagerada que este mismo ejercía—, dímelo—volvió a atacar—¿Te arrepientes de haberte entregado a mí, incluso después de que te expresé mis sentimientos?
Quería llorar.