Negocios del Alma
Él la invocaba como un dios oscuro que solo conocía una forma de amar: con la violencia sagrada de la pasión.
Las horas se borraron en ese cuarto. Solo quedaba el ritmo de sus cuerpos, la danza primitiva de dos seres destinados a colisionar una y otra vez, hasta romperse y rehacerse en los brazos del otro.
La medianoche se transformó en un incendio, y Moscú, con su frío infinito, quedó fuera, irrelevante. En ese instante, solo existían ellos, perdidos en la certeza de que el deseo también puede ser una forma de guerra, y que la guerra, en ocasiones, se libra piel contra piel.