No puedo dejar de imaginar cómo se acumuló el silencio hasta volverse insoportable.
He pensado en ella como en alguien que fue perdiendo pedazos de su propia historia: decisiones pequeñas, humillaciones sutiles y promesas que ya no se cumplían. A menudo la gente imagina que huir es un acto repentino, pero en mi experiencia esas salidas son el resultado de noches largas pensando en qué clase de vida quería para sí misma. Quizá hubo gritos, quizá hubo mirar al reloj cada vez que su pareja entraba en la habitación, quizá un comentario que reavivó un trauma viejo. Todo eso va juntando razones.
Al final, creo que se fue porque necesitaba recuperar aire y espacio para volver a reconocerse. No siempre se trata de una aventura romántica ni de una traición espectacular: a veces es sólo la urgencia de no desaparecer más. Y eso, aunque doloroso para los que quedan atrás, me parece un acto de supervivencia y dignidad.