La esposa abandonada
Lidia
La habitación del hospital era una tumba blanca, aséptica, donde el olor del antiséptico se mezclaba con otro, más sutil, el de la humillación. Lidia yacía contra las almohadas, su cuerpo magullado no era nada comparado con la hemorragia de su orgullo. Sus pálidos dedos se crispaban sobre la sábana estéril, sus uñas cavando surcos invisibles en ella. Detrás de sus párpados cerrados, revivía la escena en un desenfreno de colores violentos: los gritos agudos, las uñas que desgarraban, la caída, y ese dolor fulgurante, desgarrador, que había aniquilado en ella toda esperanza de futuro. Haberse peleado como una vulgar verdulera contra esa perra de Inés… y haberlo perdido todo. Su hijo. Su