El Millonario y la Usurpadora
—Ave María… —susurró el hombre de rodillas, llorando ya sin disimulo, sus hombros convulsionándose en sollozos ahogados, las lágrimas cayendo al suelo.
—Reza rápido —sentenció Moretti, su voz un gruñido bajo, entrecerrando los ojos mientras apretaba el gatillo sin vacilación.
Un disparo seco rompió el silencio como un latigazo, el eco rebotando en las paredes de madera. El cuerpo del traidor se desplomó de lado con un thud sordo, los ojos vidriosos abiertos en una expresión de sorpresa eterna, y la alfombra persa absorbió la sangre que se derramaba lentamente en un charco oscuro y viscoso. Nadie se inmutó; los hombres permanecieron inmóviles, sus rostros estoicos, sabiendo que aquello era la