El juego del destino
Hicieron el amor con una intensidad que borró las cicatrices emocionales del engaño, del pasado y del presente, sustituyéndolas por la certeza de un vínculo eterno entre los dos.
Después, exhaustos pero radiantes, se dirigieron a la ducha, donde continuaron sus caricias, la calidez del aguase mezclaba con la calidez de su reencuentro.
Ya no había prisa, ni miedo de ser descubiertos, solo la confirmación de que su amor era la única arma que necesitaban para vencer a la oscuridad.
Volvieron al salón, envueltos en albornoces, cuando Istok entró discretamente.