El regreso de la amante olvidada
Fue un beso lleno de consuelo y promesas silenciosas, un intento de sanar las heridas que ambos llevaban en el alma.
En otro lugar, a kilómetros de allí, Ricardo Agosti servía vino en su lujoso despacho de la empresa, tratando de mantener la compostura frente a Antonio y Karen Feller. Los ojos de Antonio, fríos y calculadores, no se apartaban de él, mientras que Karen, con una expresión más amable, observaba con curiosidad.
—Es fascinante lo que nos cuentas, Ricardo —dijo Antonio, apoyando los codos en el escritorio—. Pero hay algo que me intriga.