No hay última oportunidad
Felipe, el asistente de Lorena, también estaba en la oficina, con la cabeza gacha, los ojos enrojecidos y sujetándose la muñeca izquierda con la mano derecha.
Mi actitud fría pareció enfurecer a Lorena, que golpeó la mesa con fuerza.
—Rafael, ¿qué actitud es esa? ¿Es que todavía no quieres admitir tu error?
Antes de que yo pudiera hablar, Felipe intervino.
—Lorena, no pasa nada, es solo un reloj, no culpes a Rafael.
Sus palabras enfurecieron aún más a Lorena, quien contuvo su ira para hablarle con suavidad.
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