Renací para Dejar de Amarte
El día en que Valeria Guzmán y yo nos casamos, el falso heredero, Jaime Castro, se suicidó.
Al segundo año de matrimonio, aquello ya nos había convertido en enemigos.
Ella me odiaba porque, según ella, yo, el verdadero hijo, había vuelto y había provocado la muerte de Jaime.
Y yo la odiaba porque seguía aferrada al hombre que me había robado la identidad durante veinte años.
Durante diez años, nos herimos con las palabras más crueles y nos deseamos la peor de las muertes.
Hasta que un terremoto lo cambió todo.
Ella me cubrió con su cuerpo y, con la espalda, mantuvo abierto el único espacio por el que yo podía salir vivo.
La viga cayó.
Le destrozó la espalda.
Antes de morir, me susurró al oíd