LA ASISTENTE DEL MAFIOSO
Llegar a los Estados Unidos fue una sorpresa muy grande, me sentía eufórica, ni siquiera a los centros comerciales había salido, y cuando llegamos a una suite que el jefe había reservado, y contaba con varias habitaciones, tuve que soltar el aliento ante el lujo despilfarrado en cada cosa.
Aunque no me adaptaba a estar tan junta a él.
Mis padres se morirían si supieran que compartía un piso con mi mismo jefe.
Estaba buscando un vaso de agua, eran como las once de la noche cuando escuché la puerta, y allí vi que el jefe entró con una mujer rubia y se quedó perplejo al verme en mitad de la sala.
—¿Tú? ¡Oye…! —él se apresuró a tomar su billetera y sacó un montón de dólares—. Ve y compra algo de