No voy a fingir que dejar de querer a alguien que no te corresponde sea fácil, pero sí creo que hay caminos prácticos que funcionan si los sigues con paciencia.
En mis veintitantos aprendí a marcar distancia como si fuera una receta: reducir interacciones, silenciar redes sociales por un tiempo y crear pequeñas rutinas que me devolvieran la sensación de control. Fue clave aceptar que mi dolor tenía sentido —no negarlo ni disfrazarlo— y permitir que saliera con actividades concretas: deporte, escribir un diario donde lanzaba todo lo que no me atrevía a decir, y retomar hobbies que antes dejé. Después de un mes esas pequeñas acciones ya habían rebajado la intensidad del anhelo.
Otra cosa que me ayudó fue cambiar la narrativa en mi cabeza. En lugar de insistir en que “algo me faltaba”, empecé a preguntarme qué quería aprender de esa experiencia: límites, autoestima, reconocimiento de señales. También me apoyé en amigos para no idealizar a la persona; hablar claro con alguien cercano me mostró matices que en mi burbuja romántica no veía.
No existe una cura instantánea, pero con distancia, autocompasión y proyectos personales el dolor se vuelve menos agudo y se transforma en aprendizaje. Hoy lo veo como una etapa que me hizo más claro sobre lo que quiero y más respetuoso conmigo mismo.