el Resplandor del Mañana
Pero al bajar la montaña, lo vimos lanzarse de cabeza contra los escalones y morir al pie de la montaña, con la sangre corriendo como un río que manchaba los peldaños.
Simplemente lo miré de reojo, sin que algún sentimiento perturbara mi interior.
Evaristo sacó de su mochila una bolsita con mi dulce favorito, malvavisco, y sonrió con ternura.
—Cariño, ¿volvemos a casa?
Giré la cabeza hacia él, tomé su mano y respondí:
—Claro, volvamos a casa.
El sol rompía entre las nubes, iluminando nuestro sendero. Él me sujetaba la mano con fuerza, caminando con pasos firmes y serenos, como si todas las preocupaciones del mundo no nos tocaran.
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