Una misión para recordar
El aire huele a tierra quemada.
Las caras de los agentes están marcadas por la angustia, la preocupación, el peso de lo que acaban de presenciar.
La zona está acordonada, como si intentaran contener lo incontenible.
Me bajo de Ocaso y trato de avanzar, pero dos agentes me bloquean el paso, me sujetan por los brazos, firmes, sin violencia, pero sin margen de negociación.
—Déjenme pasar —intento decir, pero mi voz apenas sale.