Alaric Kaiser
El mafioso se inclinó una última vez hacia el prisionero, susurrándole al oído con voz helada:
—Ellos te llevarán directo a ese infierno que tanto deseas. Salúdame al jefe.
Con un gesto, soltó a los perros. Los doberman se abalanzaron con una ferocidad implacable, sus mandíbulas cerrándose sobre carne y hueso sin piedad. Cada mordida arrancaba trozos de piel y músculo, y los gritos del prisionero se convertían en alaridos de agonía que resonaban en las paredes de la habitación. Los perros no se detenían; sus colmillos brillaban bajo la tenue luz, desgarrando, triturando, hasta que los gritos se fueron debilitando, reducidos a gemidos ahogados.