Cuando la luna susurra mi nombre
Mis labios se posan sobre el borde de plata, tomo un sorbo pequeño, lo suficiente para mancharme la lengua, y luego lo beso con fuerza, pasando el vino a su boca como un río oscuro que fluye de mí hacia él.
El beso se vuelve frenético, desesperado, con la copa aún atrapada entre nuestras manos, el vino derramándose sobre nuestros pechos desnudos, resbalando por mi clavícula como un hilo rojo que parece sangre. Nos devoramos entre gemidos sofocados, y cada trago compartido es también una promesa de destrucción, una sentencia que se cuela entre nuestros labios sin que sepamos todavía a quién pertenecerá la condena.