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La Última Noche de mi Hermana

La Última Noche de mi Hermana

En la familia Valenti, naces con un chip. Lo tienes metido en el biorreloj de tu muñeca y la pantalla marca la cuenta regresiva de tu vida. Todos veían cómo se consumían los números en el reloj de mi hermana y en el mío... Ella iba a morir cuando cumpliera los dieciocho. Por eso Vivian se convirtió en la princesa intocable de nuestra sádica realidad. Cada vestido bordado con diamantes era para ella. Las joyas más exóticas le pertenecían. Hasta el último rastro de humanidad de papá era suyo; ese único destello de calidez que solo mostraba después de enfundar su arma. Yo le tenía lástima. Su tiempo se acababa. Pero, por Dios, cómo la envidiaba. Tenía todo lo que yo nunca tuve: el amor de mis papás. Luego llegó la noche de su cumpleaños. Mis papás tenían miedo de que yo armara un berrinche y desatara la furia del Capo de alguna familia aliada. Así que me encerraron en el sótano. Húmedo. Helado. Mientras una fiebre mortal me consumía por dentro. Golpeé la pesada puerta de roble con los puños. —¡Mamá, por favor! ¡Déjame salir! —supliqué con la voz rota—. ¡Estoy volando en fiebre! Me va a estallar la cabeza... Del otro lado, la voz de mi mamá cortó el aire como una trampa de acero. —¡Ya basta, Sienna! Hoy es el cumpleaños dieciocho de tu hermana. ¡Su último día de vida! Deja el show. ¿Es que no puedes aguantarte por el honor de la familia? —Pero de verdad estoy enferma... —balbuceé. El taconeo se alejó por el pasillo hasta desaparecer por completo. Después de eso, la oscuridad me devoró. Y en mi muñeca, el reloj emitió el destello de una alerta crítica. ALERTA CRÍTICA: Incongruencia en signos vitales. Datos del chip vinculado incompatibles. Por favor, verifique al usuario.
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La Contadora Robot: Renuncia y Caída

La Contadora Robot: Renuncia y Caída

En el baño de la oficina, oí a alguien hablando mal de mí. Era la pasante a la que guié durante tres meses. Se quejaba: —Es una vieja bruja sin tacto, como un robot con el cerebro apagado. Yo ya estaba a punto de abrir la puerta para interrumpirlas cuando otra, entre risas, remató: —Faltan papeles. Las facturas no están en regla. Sin la firma del director no se puede pagar. ¡Ya nos sabemos de memoria sus frases de siempre; puro teatro! Cuando se fueron, regresé en silencio a mi oficina. La pasante azotó una pila de solicitudes de reembolso con sus facturas adjuntas sobre mi escritorio. —No vayas a buscar cualquier pretexto para negarles el reembolso otra vez. Eché un vistazo a las facturas falsas y, por primera vez, no las cuestioné. Esta vez, sonreí apenas: —Me duele la cabeza; no logro leer bien la letra.
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Después de que mi compañero me enviara a prisión

Después de que mi compañero me enviara a prisión

Mi compañero, Carter, me envió a una prisión de hombres lobo durante cuatro años. El día que me liberaron, llegó de la mano de su amante loba embarazada. —Esto es lo que tus padres me deben. A partir de hoy, cuidarás de Amelia. Asentí obedientemente. Ella me obligó a recoger rosas con mis propias manos. Me hizo plantar cien macetas bajo el sol abrasador. Me obligó a frotar mi piel alérgica y ulcerada con alcohol. Y yo hice todo lo que me pidió. Hasta el día en que me trajeron de vuelta a mi antiguo hogar. La casa había desaparecido. En su lugar, se extendía un jardín de rosas interminable. Y mi única hermana… se había convertido en nada más que una caja de cenizas. Ese fue el momento en que lo comprendí. No sobreviví para expiar mis pecados. Sobreviví para vengarme.
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Fui Su Secreto Compartido

Fui Su Secreto Compartido

Yo no era nadie, pero por tres años estuve enamorada de Dante, el heredero de la familia Blackwood, el apellido más importante de la mafia en Chicago. El día que supe que estaba embarazada, me sentí muy feliz. Me moría de ganas de darle la noticia. Pero entonces escuché a su hermano gemelo, Marco, preguntarle: —Hermano, ¿cuándo piensas decirle a Rose que yo me hacía pasar por ti cada una de esas noches en la cama? Dante habló con una dureza que nunca le había escuchado. —En una semana. En nuestra boda. Voy a revelar todo y luego le pediré matrimonio a Isabella. Isabella. La niña rica que siempre me hace la vida imposible. Así que todo esto era una simple venganza por su adorada Isabella. Pero lo que Dante no sabía era que esa boda que planeó con tanto esmero se quedaría sin novia.
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Mi Jefe El Cornudo

Mi Jefe El Cornudo

La jefa de la empresa estaba demasiado sensual: estiraba uno de sus lindos pies en medias caladas y lo balanceaba frente a mí. No me pude aguantar, le tomé una foto a escondidas y me metí al baño para masturbarme pensando en sus pies blanquitos. A mitad del asunto, la jefa abrió la puerta y me miró sorprendida. —¡Qué diablos! ¿Cómo la tienes tan grande? ¿Y por qué me tomaste una foto a escondidas hace rato? Pegué un brinco del susto y me subí los pantalones a las carreras. La jefa me miraba con una sonrisa de superioridad. —Estás frito. Voy a decirle al jefe. Al rato apareció el jefe. Pensé que me iba a hacer un escándalo, pero, contra todo pronóstico, me puso un fajo de mil dólares en la mano. —Mi esposa no logra embarazarse. Tú te ves macizo, hazme un favor.
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El Repartidor De Placer

El Repartidor De Placer

Mi casera, una mujer madura, todavía estaba buenísima, y su hija todavía más, con carita inocente y unos pechotes. Vivíamos en la misma casa. Esa noche, entre truenos y relámpagos, estaba metido en la cama. Saqué las pantaletas rosas que la hija de la casera se acababa de quitar, listo para calmar las ganas. La hija de la casera abrió la puerta de mi cuarto en un camisón finito y se quedó mirándome. Me llevé un buen susto; pensé que me había descubierto robándole las pantaletas. Pero entonces me dijo: —Esta noche los truenos me dan mucho miedo y mi mamá no está. ¿Puedo dormir en su cuarto? Al verle la entrepierna marcada bajo el pantalón de la pijama, ¿qué me iban a importar las pantaletas? Levanté la cobija. —Ven para acá.
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El día que mi récord de supervivencia fue 0

El día que mi récord de supervivencia fue 0

Después de quedar atrapada en una explosión en los muelles, quedé vinculada al Programa de Supervivencia. Me concedió veinticinco años y cuatro objetivos asignados. Si la puntuación de amor o la puntuación de vínculo de cualquiera de ellos llegaba al 100 %, podría despertar en mi mundo real. Pero fracasé con los cuatro. Porque todos los objetivos a los que intenté acercarme terminaron volcando su corazón hacia Sophia Lane, la protagonista de este mundo. Decían que mi dolor era una actuación. Decían que mis lágrimas eran una forma de manipulación. Aseguraban que solo fingía estar al borde del colapso para que me eligieran a mí en lugar de a Sophia. Pero si nunca me amaron, ¿por qué perdieron el control cuando mi misión fracasó y decidí abandonar este mundo para siempre?
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Mi prometido se arrepintió como un loco

Mi prometido se arrepintió como un loco

Un mes antes de casarme con mi novio, él me preguntó si aprobaba su idea de tener un hijo con otra chica. Rechacé su loca idea y, a partir de entonces, me insistió todos los días. Para mi sorpresa, dos semanas antes de la boda, recibí los resultados positivos de una prueba de embarazo… que no era mía, claro. Fue entonces cuando me di cuenta de que esa chica se había quedado embarazada tres semanas antes. Entonces ¿para qué pedirme permiso si lo iba a hacer de todos modos? A partir de esto, mi amor por él empezó a perderse poco a poco. Por lo que cancelé la boda, destruí todos los recuerdos de nuestra relación y me encerré decididamente en un laboratorio de investigación, el mismo día en el que se celebraría nuestro matrimonio. ¡Mi relación con él terminó allí! ¡En paz!
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Tres Castigos para el Alfa

Tres Castigos para el Alfa

El día que Cole, mi compañero destinado, se paró frente al altar para unirse a Kate, su amor de la infancia, yo estaba ahí, de pie entre la multitud y aplaudiendo. La manada entera asumió que yo había perdido la cabeza por culpa del despecho. Cole pensó exactamente lo mismo. Se acercó hacia mí a zancadas, atrapó mi muñeca con una fuerza brutal y me gruñó una advertencia al oído: —Este es el mayor sueño de Kate, el único deseo que ha pedido en toda su vida. Está muy frágil. Quién sabe cuánto tiempo le quede. No querrás cargar con la culpa de verla morir con este arrepentimiento, ¿verdad? Le dediqué una sonrisa para ocultar mi asco y le di un trago a mi copa de champán. —Por supuesto que no —respondí. En mi vida pasada, vi a Kate burlarse de mí en mi cara mientras se escondía en los brazos de Cole. Esa vez perdí los estribos, grité a los cuatro vientos toda mi furia y arruiné la estúpida ceremonia hasta obligar al Alfa a cancelarla. Kate no soportó la humillación pública. Salió huyendo con su típica actuación de víctima y murió en un accidente de auto. Como venganza, Cole inventó cargos de traición a mis espaldas para destruir a mi manada. La Alianza encarceló a mis padres y los condenó a morir de hambre en una celda durante diez días. Yo fui exiliada. Me convertí en una renegada y encontré mi fin acorralada y despedazada por una jauría salvaje. Fallecí con una sed de venganza que me nacía del alma. Pero en esta nueva vida, le iba a dar justo lo que se merecía. Por cada traición en mi contra, le arrancaría uno de los privilegios que mi familia le otorgó a su manada. Tres traiciones. Tres privilegios. Y al final, el gran Alfa se quedaría sin nada.
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Un Mango Fue el Final de Nuestro Matrimonio

Un Mango Fue el Final de Nuestro Matrimonio

A los siete años, papá llevó a casa a una mujer hermosa y fue ella quien me regaló una caja de mangos. Ese mismo día, mamá me vio comerlos con tanto gusto. Firmó los papeles del divorcio sin decir nada y, poco después, se lanzó del edificio. Desde entonces, el mango se convirtió en la pesadilla que me acompañaría toda la vida. Por eso, el día de mi boda le dije a mi esposo, Héctor Preciado, que si algún día quería divorciarse, solo tenía que regalarme un mango. Él me abrazó sin responder y, desde ese momento, el mango también se volvió su tabú. Cinco años después de casarnos, en Nochebuena, su amiga de la infancia dejó un mango sobre su escritorio. Ese día, Héctor anunció que cortaba toda relación con Violeta Sánchez y la despidió de la empresa. Y ahí sí creí, sin dudarlo, que él era el hombre indicado para mí. Hasta que, seis meses después, regresé del extranjero tras cerrar un trato de cien millones de dólares. En la cena de celebración, Héctor me pasó una bebida. Y, cuando ya me había tomado la mitad del vaso, Violeta, la mujer a la que había despedido de la empresa, apareció detrás de mí con una sonrisa provocadora y preguntó en tono despreocupado: —¿Está bueno el jugo de mango? Me giré para mirar a Héctor con incredulidad. Él apenas contenía la risa. —No te enojes —dijo—. Violeta insistió en que te hiciera esta broma. —No te di un mango, solo jugo de mango. Luego añadió, como si nada: —Pero, creo que Violeta tiene razón: que no comas mango es una manía tuya. —Mira lo feliz que estabas tomándolo hace un momento. Mi expresión se endureció. Levanté la mano, le arrojé el resto del jugo en el rostro y me di media vuelta para irme. Porque hay cosas con las que no se bromea. El mango no lo es. Y mi decisión de divorciarme, tampoco.
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