Propiedad de Vossen
Juntos, ejercimos la presión final.
La muerte de Magnus no fue un suspiro; fue un colapso sistémico.
Su pecho se hundió con un estallido sordo, y de la herida brotó una chispa eléctrica que nos sacudió a ambos. Sus ojos estallaron —literalmente—, dejando dos cuencas humeantes por donde se escapaba el humo negro de los procesadores fritos. Su cuerpo se puso rígido, arqueándose en una última agonía digital, y luego se desplomó, convirtiéndose en una carcasa de piel flácida y componentes electrónicos chamuscados.