La Última Carta
Pero la mujer del otro lado del teléfono no estaba interesada en el dinero.
—Señorita, pida lo que quiera, ¡el señor Fuentes puede pagarlo!
Del otro lado se escuchó una risa seca.
—Quiero que Gabriel Fuentes se entregue a la policía.
El asistente palideció. Algo en su instinto le decía que esa voz era la de Antonia Salazar.
Marcó a su jefe de inmediato.
—Señor Fuentes, ella quiere que usted se entregue... sé que suena absurdo, que no tenemos prueba de que el amuleto sea real, ¡pero esa mujer no es cualquiera, es ella, estoy seguro!