EL VIENTRE HUMANO PARA LOS CACHORROS DEL ALFA
Y supe, en ese instante, que aunque no fuera mi Luna, quería retenerla a mi lado, para que mis noches nunca volvieran a ser solitarias mientras esperaba el regreso de Claris.
Cerré los ojos, permitiendo que las memorias de Claris se entrelazaran con la imagen de la joven que tenía ante mí. Era un juego peligroso mezclar el presente con el pasado, pero en ese estado de ensoñación parecía natural. La noche tejía hilos invisibles que unían nuestras almas en un tapiz de destino.
—¿Crees en las reencarnaciones? —susurró ella, medio en serio, medio en broma.