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La Vaporera: Así Me Mató por Ella

La Vaporera: Así Me Mató por Ella

Cuando la exnovia de mi esposo sufrió quemaduras con agua hirviendo, él, para castigarme, me metió en una vaporera lo suficientemente grande para una persona y subió la temperatura al máximo. —¡Pagarás el daño que sufrió Luciana, multiplicado por mil! —sentenció. Atrapada en ese espacio estrecho, apenas podía respirar, mientras mi cuerpo ardía y yo le suplicaba entre lágrimas: —¡Por favor, voy a morir! Pero él, abrazando a su exnovia, se marchó sin mirar atrás. —Tranquila, no morirás. ¡Pero sí entenderás el sufrimiento de Luciana! Grité desesperada dentro de la vaporera mientras el agua hirviendo, debajo de la bandeja, me salpicaba la piel. Poco a poco, mi voz se fue apagando. Él se fue de viaje al extranjero con su exnovia, y, solo una semana después, al regresar al país, recordó mi existencia. —Esa maldita ya debe haber aprendido su lección. ¡Sáquenla de ahí! Lo que él no sabía era que en aquella vaporera, que había dejado calentarse cuando el agua se evaporó, mi cadáver ya estaba cubierto de gusanos.
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Esta vez, Lavaré mi Nombre

Esta vez, Lavaré mi Nombre

Durante el turno de noche, me negué a la petición de mi hermana adoptiva de ayudarle a ponerle la intravenosa a su paciente. Vi con mis propios ojos cómo un niño de siete años moría por una reacción alérgica causada por el medicamento equivocado. En mi vida pasada, justo después de haber terminado de aplicar la infusión, los familiares furiosos irrumpieron en la estación de enfermeras y me golpearon hasta dejarme el rostro desfigurado. Pero yo había administrado simple glucosa, imposible que provocara una tragedia así. Con la conciencia nublada, escuché que alguien llamaba a la policía. Creí que por fin llegaba un salvavidas. Nunca imaginé que el oficial, mi propio hermano, me tumbaría contra el suelo. El médico forense, mi amigo de la infancia, sacó el informe de la autopsia y me señaló como culpable. No tuve cómo defenderme; al final, los padres del niño, enloquecidos por el dolor, me golpearon hasta matarme. Incluso en el momento de mi muerte, no pude entender por qué mi hermano, que siempre me había cuidado, y aquel amigo de la infancia al que yo quería tanto, se volvieron contra mí. Cuando volví a abrir los ojos, estaba otra vez en esa misma noche.
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Mi Esposo Defendió a la Asesina de Mi Suegra

Mi Esposo Defendió a la Asesina de Mi Suegra

Mi suegra tuvo un accidente de tránsito y fue llevada al hospital. Llamé más de veinte veces a mi esposo, Samuel López, que era abogado, pero solo conseguí que me respondiera en la última. —¿Qué cuento te estás inventando ahora? Sandra está en problemas y tengo que ayudarla. Deja de hacer berrinches. Apenada por sus palabras, le informé de la situación de su mamá y le pedí que me transfiriera diez mil dólares para pagar los gastos médicos. No obstante, engañado por su primer amor, Sandra López, simplemente se redujo a botarme palabras impacientes: —El accidente de tráfico que sufrió tu mamá no tiene nada que ver conmigo. No trates de usar mi dinero para ayudar a tu familia y déjame en paz. Estoy muy ocupado ahora. Dicho esto, colgó la llamada sin esperar a mi respuesta. Entre tanto, habían anunciado el fallecimiento de su madre, tras un intento fallido de reanimación. Tres días después, volví a verlo en la audiencia: estaba defendiendo con entusiasmo a su primer amor, quien se encontraba en el banquillo por conducir ebria. Gracias a sus excelentes habilidades como abogado, Sandra fue declarada inocente, basándose en la falta de pruebas. Muy decepcionada, le propuse el divorcio al terminar la audiencia. Pero él se puso nervioso: —Mi mamá es tan buena contigo. Si te divorcias, ¡se va a poner muy triste! Le sonreí con indiferencia y luego le aventé contra la cara las facturas de los gastos médicos y el certificado de defunción. Qué estúpido era este tipo. Aún no sabía que su madre había fallecido.
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Traicionada, Me Casé Con un Lisiado

Traicionada, Me Casé Con un Lisiado

Cuando Sergio Ximénez, el presidente del Grupo Ximénez, quedó discapacitado tras un accidente y anunció públicamente que buscaba matrimonio, la noticia conmocionó a toda la Capital. Mi padre subió mis datos de inmediato. —Ya que insistes en romper con Hugo Suárez, ve a intentar congraciarte con la familia Ximénez. Me negué rotundamente. Cuando intenté quitarle el celular, me abofeteó con fuerza: —No lo decides tú. Acorralada, no tuve más remedio que buscar la ayuda de Hugo, solo él podía hacer que mi padre cambiara de opinión. Pero, sin querer, escuché su conversación. —Tranquilo, Sr. Suárez. Sergio es un inválido, Serena, con su orgullo, seguro que lo desprecia. En poco tiempo vendrá llorando a suplicar por volver. Hugo soltó una risa leve: —Luna quiere un bebé. Solo me acuesto con ella para ayudarla. Serena monta un escándalo por tan poca cosa, hiciste muy bien, Sr. López. Era como si me hundiera en un abismo de hielo. Resulta que siempre había estado parada sobre las mentiras, sin nadie a mi lado. Hasta que la familia Ximénez realmente me seleccionó, ellos sí entraron en pánico.
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Desaparecida en el fuego

Desaparecida en el fuego

En el quinto año de matrimonio, Julieta Torres se quejaba de que la vitamina C que su esposo le había comprado sabía demasiado amarga. Con el frasco en la mano, fue al hospital. El médico lo revisó y dijo: —Esto no es vitamina C. —¿Perdón, puede repetirlo? —preguntó Julieta. —Lo repita cuantas veces lo repita, es lo mismo —señaló el frasco—. Esto es mifepristona. Si la tomas en exceso no solo causa esterilidad, también daña seriamente el cuerpo. La garganta de Julieta se sintió como si algo la obstruyera, y sus manos, aferraban el frasco con fuerza. —Eso es imposible, este medicamento me lo dio mi esposo. Se llama Bruno Castro, también es médico en este hospital. La mirada del doctor hacia ella se volvió extraña, cargada de un matiz difícil de explicar. Al final, sonrió levemente. —Señorita, mejor vaya a consultar a psiquiatría. Todos aquí conocemos a la esposa del doctor Castro, y hace apenas un par de meses dio a luz a un bebé. No se haga ilusiones, muchacha, no tiene caso.
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El Regalo Mortal para Mi Familia

El Regalo Mortal para Mi Familia

Morí el día de mi cumpleaños, pero ni mis papás ni mi esposo se dieron cuenta. Todos estaban de lleno en los preparativos de la fiesta de cumpleaños de mi hermana gemela, Alicia Gonzáles. Mientras todos la rodeaban para escoger su vestido de gala, a mí me habían amarrado de pies y manos y me habían arrojado al sótano. Con las últimas fuerzas que me quedaban y con los dedos ya torcidos, logré marcar el 9395, la señal que Sergio Sandarti y yo habíamos acordado para pedir ayuda en caso de peligro. Nunca imaginé que llegaría el día de tener que usarla de verdad. Pero Sergio no me creyó. Respondió con frialdad: “¿De verdad haces tanto drama nada más porque no te llevamos a comprar un vestido nuevo? El del año pasado todavía te queda bien. Nos vemos más tarde en la fiesta, deja de hacer escándalo”. Él no sabía que mi vestido ya lo había destrozado Alicia. Tampoco sabía que, en cuanto colgué la llamada, yo ya estaba muerta. Así que no asistí a la fiesta de cumpleaños. Pero cuando todos vieron el regalo que yo había preparado con anticipación para Alicia, se volvieron locos.
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Flor de Espinas

Flor de Espinas

Ariadna Luján arriesgó su vida por salvar a Fabián Morales, y eso le costó su audición. A pesar de su sacrificio, tuvo que aguantar las burlas y humillaciones por parte de los amigos de él. Por ello, aunque corría el riesgo de quedar con muerte cerebral, Ariadna decidió operarse para poder volver a oír. Cuando la cirugía salió bien, quiso compartir su alegría con su prometido, pero Fabián, borracho, estaba pensando en otra mujer durante un momento íntimo. Ahí, ella se dio cuenta de que él nunca había olvidado a su primer amor. Con el corazón roto, Ariadna por fin abrió los ojos y tomó la decisión de irse lejos, dejándolo todo atrás, incluso a Fabián.
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Después de fingir mi muerte

Después de fingir mi muerte

Después de declararme ciento una veces a mi amor de la infancia, él terminó casándose con la mujer de sus sueños. Con el corazón hecho pedazos, tomé una decisión impulsiva, casarme con su hermano, quien siempre había estado enamorado de mí. Luego de casarnos, él me consintió en todo. Su amor era intenso, abierto, casi desbordante. Todos decían que yo era increíblemente afortunada por haberme casado con un hombre que me amaba tanto. Pero el día en que la mujer de su hermano y yo caímos al agua al mismo tiempo, lo vi con mis propios ojos, él, que ni siquiera sabía nadar, se lanzó sin dudarlo… pero no por mí. Nadó desesperadamente hacia ella, y bajo el agua le dio respiración boca a boca. Mientras yo luchaba por mantenerme a flote, rogando que me mirara aunque fuera una vez, él solo se preocupó por llevarla a la orilla, dejándome a merced del mar. Cuando apenas recobraba la conciencia en el hospital, escuché cómo él y su hermano acabaron a los golpes por quién se quedaría a cuidarla… y entre gritos, él le dijo lleno de dolor: —Me casé con Elena sacrificándome, solo para que no interfiriera en tu felicidad con Victoria. Déjame verla… aunque sea una vez, ¿sí? Y en ese momento fue entonces cuando lo entendí. Nunca nadie me había amado de verdad. Así que tomé una decisión. Contraté un servicio para fingir mi muerte y desaparecer para siempre. Pero cuando la noticia de mi “muerte” llegó a sus oídos, aquel hombre siempre frío y sereno apartó a Victoria, se inclinó y escupió sangre. Y en una sola noche, su cabello se volvió completamente blanco.
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El imperio que elegí por encima del amor

El imperio que elegí por encima del amor

Cuando abrí los ojos, mi hermana, Serena Shaw, estaba arrodillada frente a mí, llorando con un cuchillo de frutas presionado contra su muñeca. —Nora, te juro que no fue intencional. Había bebido demasiado. Ni siquiera sé cómo Lucas y yo... Casi me reí. Porque ya había visto esa escena antes. En mi vida pasada, Serena lloró como una víctima después de acostarse con mi prometido, Lucas Arden. Todos la consolaron. Lucas se casó con ella para salvar su reputación. Y a mí me obligaron a casarme con Graham West, el prometido que Serena había abandonado. Antes de la boda, Lucas me mostró mi nombre tatuado en su muñeca y me prometió que solo me amaría a mí. Y yo le creí. Desperdicié cinco años al lado de un esposo que amaba a mi hermana, esperando a un hombre que ya se había casado con ella. Luego Serena murió. Pensé que Lucas por fin volvería conmigo. Pero, en lugar de eso, lo encontré en la funeraria, abrazando su fotografía como si hubiera perdido al amor de su vida. —Ella era mi esposa —me dijo—. Déjalo ir, Nora. En mi fiesta de cumpleaños, Lucas y Graham se pelearon por Serena en la azotea. Uno se había casado con ella. El otro nunca había dejado de amarla. Mientras luchaban por ella, alguien me empujó hacia el tráfico y morí bajo las luces de los autos. Cuando volví a abrir los ojos, regresé al principio. Esta vez, pensé que yo era la única que recordaba todo. Estaba equivocada. Lucas recordaba. Graham recordaba. Y aun con una segunda oportunidad, ambos seguían eligiendo a Serena. Pero esta vez no permitiría que me cambiaran, me eligieran o me desecharan. Esta vez, iba a construir algo que ninguno de ellos pudiera arrebatarme.
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Tras su preferida

Tras su preferida

Desde que me casé con Julián Mendoza, él puso punto final a todas sus andanzas. Para todos, yo era la mujer que había ‘domado’ al ‘playboy’, y mi vida familiar era la envidia. Hasta el día de nuestro noveno aniversario, cuando vi por accidente los mensajes en el grupo de chat con sus amigos: “Oye Julián, ¿qué tal la experiencia de ayer en el Bentley con tu compañera de universidad?” “Lo hemos probado en todos lados. Está locamente enamorada de mí.” Debajo había una foto íntima de ellos, y el grupo se llenó de comentarios calientes, felicitándolos entre risas y bromas. Miré la pantalla y un dolor punzante me atravesó el corazón. De pronto lo entendí: toda aquella felicidad a mi lado no era más que un montaje perfectamente preparado. Me quedé sentada, inmóvil, toda la noche, esperando su regreso. Cuando al fin Julián llegó, trayendo un pastel de celebración, no pude evitar soltar una risa fría. —Ya lo sé todo. ¿No te cansa fingir?
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