Me pierde ese gusto por los mapas ficticios y las historias que los llenan de vida; siempre me quedo mirando los nombres y pensando en cuál sería mi esquina favorita. Soy de los que aprecian la sensación de historia profunda, así que cuando veo una lista de mundos me fijo en cuánto han cambiado a sus habitantes y cuánta geografía cuenta secretos.
La Tierra Media (mundo de «El Señor de los Anillos») es el clásico épico, con montañas, bosques y lenguas propias; Narnia («Las crónicas de Narnia») tiene ese aire de fábula y descubrimiento infantil; Westeros (mundo de «Canción de hielo y fuego»/«Juego de Tronos») destaca por su política cruel y paisajes variados; el Mundo Mágico (mundo de «Harry Potter») brilla por su mezcla de lo cotidiano y lo fantástico; Terramar («Terramar»/Ursula K. Le Guin) es más meditativo y lleno de arquetipos marinos.
Además me fascinan los mundos que juegan con el tono: «Mundodisco» (mundo de Terry Pratchett) es satírico y delirante; el País de las Maravillas («Alicia en el País de las Maravillas») es onírico y absurdo; Oz («El mago de Oz») combina aventura infantil con política y personajes inolvidables; Tamriel (mundo de «The Elder Scrolls») ofrece una enorme libertad y variedad cultural; El Continente (mundo de «The Witcher») mezcla folclore oscuro con moralidad gris. En definitiva, cada uno invita a perderse de maneras distintas y siempre vuelvo a alguno según el ánimo.