CONTRATO DE ACERO
Sabe que todo es un juego, un maldito acuerdo de conveniencia, pero la idea de verla en brazos de otro, aunque solo sea un espejismo, lo consume por dentro como brasas incandescentes.
Amara lo observa con una expresión burlona, saboreando la tensión que ha sembrado entre ambos.
–¿Engañarte? –su risa es un filo de navaja. –Liam, no somos nada. ¿O es que ya olvidaste las reglas del juego? Antes de firmar el contrato, acordamos que podríamos seguir con nuestras vidas, sin importar lo que hiciera el otro. Esto –señala el espacio invisible entre ellos– no es real. Seguimos siendo libres.