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Su desespero me incrementa el deseo pero mi cabeza repite lo que debo recordar
Regla número once, el dueño y solo el dueño de la esclava es el único con el poder de dar el cambio en el estatus que esta mantendrá.
Sus rodillas caen al suelo por si solas, mis intentos de detener los movimientos de sus manos en mi bragueta merman en tanto mi cabeza sigue trayendo lo que debe permanecer presente
Regla número nueve, el dueño de la esclava podrá decidir si tomar a esta como kurva, nodriza, encargada de su descendencia o sumisa.