Tabú: Ataduras y Pecados
Se mordió el labio para no gemir en voz alta, imaginando que era su mano la que estaba allí, no la suya.
En la oscuridad, cerró los ojos y lo imaginó entrando en la habitación, los músculos de su torso definidos bajo la camiseta blanca que había usado antes. En su fantasía, él no dudaba: se acercaba a la cama, le levantaba los puños por encima de la cabeza y le susurraba: «No deberías provocarme, Gabi».