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Ecos de un Amor

Ecos de un Amor

Mi novio insistió en escalar de noche la montaña nevada para ver la cascada. Ese mismo día, resbalé y caí desde la cima. Al despertar, descubrí que no solo sufría amnesia, sino que también había perdido una pierna. Incluso mi novio se había convertido en el esposo de mi hermana. De repente, todos me abandonaron. Solo Samuel, mi psicólogo, me guió con paciencia y cuidado. Cuando me propuso matrimonio con flores y un anillo frente a todo el personal médico, creí ver al ángel que había venido a salvarme. Pero seis meses después de casarnos, lo escuché por casualidad hablando con su amigo: —Samuel, parece que la hipnosis de este año ha sido un éxito. Ya ayudaste a Valeria a obtener lo que quería, ¿para qué dar un paso más y casarte con Sofía? —¿Crees que lo deseaba? Es solo por si recupera la memoria y podría hacerle daño a Valeria. Así la vigilo de cerca. —¿Merece la pena hacer tanto por Valeria? Ya antes limpiaste todos sus desastres, ¿y ahora usas a Sofía para eso…? —Haría lo que fuera con tal de ver feliz a Valeria. Samuel apagó el cigarrillo con fuerza y, tras un largo silencio, respondió lentamente: —Además, solo es prestar un vientre… ¡Aprovechar lo inservible!
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Renací: Intercambio de Boda

Renací: Intercambio de Boda

Cuando renací, con los recuerdos de mi vida pasada bien presentes, lo primero que hice con mi prima Ofelia Pérez fue cambiarnos de novio. En mi vida pasada, Ofelia y yo nos casamos el mismo día. Ella, tan dulce y tranquilita, acabó casada con el comandante naval Ignacio Ramírez, frío y distante. Pero un día, Ignacio, por irse a celebrar el cumple de su amiga de la infancia, Liliana Flores, se le pasó su aniversario de bodas. Ofelia solo quería una explicación. Él, en cambio, soltó: —No tengo por qué sentirme culpable. Y desde ese día, se quedaron en la ley del hielo… por cincuenta años seguidos. Yo, con mi carácter explosivo, me casé con un contador de una fábrica de maquinaria, Fernando Aguilar. Él era calladito. Y aun así, todo el día me reclamaba que yo hablaba demasiado fuerte, que no sabía arreglarme, que no sabía "comportarme". Lo nuestro era pelear sin parar. No pasaban ni tres días sin un pleito… y a veces ni tres horas. Hasta que terminamos peleando tan feo que él mejor ni regresaba a casa. No llegamos ni al año de casados y ya estábamos divorciados. Y cuando volví a abrir los ojos, Ofelia y yo habíamos regresado al mismo día: el día de la boda…
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El Repartidor De Placer

El Repartidor De Placer

Mi casera, una mujer madura, todavía estaba buenísima, y su hija todavía más, con carita inocente y unos pechotes. Vivíamos en la misma casa. Esa noche, entre truenos y relámpagos, estaba metido en la cama. Saqué las pantaletas rosas que la hija de la casera se acababa de quitar, listo para calmar las ganas. La hija de la casera abrió la puerta de mi cuarto en un camisón finito y se quedó mirándome. Me llevé un buen susto; pensé que me había descubierto robándole las pantaletas. Pero entonces me dijo: —Esta noche los truenos me dan mucho miedo y mi mamá no está. ¿Puedo dormir en su cuarto? Al verle la entrepierna marcada bajo el pantalón de la pijama, ¿qué me iban a importar las pantaletas? Levanté la cobija. —Ven para acá.
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Fotos De Mal Tercio

Fotos De Mal Tercio

—Qué... qué delicia... nadie me la mete como tú... Soy fotógrafo de desnudo artístico. A través de mi lente he capturado a incontables mujeres en sus poses más seductoras y desinhibidas. Las mujeres que pasan por mi cámara, sin importar cómo fueran antes, terminan convertidas en modelos de primera. Por una sola razón: todas fueron moldeadas por mí. En la penumbra de la habitación, la mujer estaba desnuda, hincada a cuatro puntos sobre la cama, jadeando mientras su pecho subía y bajaba. Tenía las mejillas encendidas, la mirada llena de deseo, y solo su trasero redondo y perfecto, sostenido por mis manos, seguía en alto...
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Tu Bolsa De Sangre

Tu Bolsa De Sangre

La guerra entre vampiros y hombres lobo lleva siglos. Pero Dorian, el príncipe vampiro más venerado, rompió todas las reglas y se vinculó conmigo, una mujer lobo. Los Ancianos lo castigaron por ello. Lo encadenaron con plata sagrada durante días. Lo obligaron a beber sangre animal. Casi muere en un bautismo de agua bendita. El dolor fue horrible. Pero cuando volvió a verme, tenía los ojos rojos mientras me besaba las lágrimas. —El momento en que tuvimos nuestro vínculo, hice un juramento —susurró—. Eres mi compañera eterna. Nunca voy a abandonarte. Al final, su familia, los Valkyrie, aceptó. Pero pusieron una condición. Podía dejar el mundo vampírico conmigo. Pero antes tenía que acostarse con Liliana, la vampiresa noble de Sangre Pura. Tenía que darle a su familia un nuevo heredero poderoso. Dorian me abrazó, con la voz tensa de desesperación. —Por favor, Freya. Solo espera un poco más. Unos años más y podremos irnos al mundo humano. Tendremos nuestra eternidad. Esperé. Noche tras noche, iba a la cama de ella. Cien noches de traición pasaron antes de que por fin concibiera. Pero su hija, Aria, nació sin la marca de linaje adecuada. No podía ser la heredera. Tenían que intentarlo otra vez. Soporté otras doscientas noches de traición. Liliana quedó embarazada de nuevo. Pero en el primer cumpleaños de Aria, la luz del sol inundó su habitación de alguna manera. Se estaba muriendo. Todos pensaron que había sido yo. Me encerraron en una celda revestida de plata. La cara de Dorian era de cansancio y sufrimiento cuando vino a confrontarme. —Te dije que podíamos irnos después de que naciera nuestro siguiente heredero. Eres la única aquí que es inmune al sol. ¿Por qué le hiciste daño a mi hija? Las lágrimas me corrían por la cara hinchada mientras intentaba negarlo, pero el veneno de plata que me quemaba los huesos ya me había robado la voz. Para cuando la puerta de la celda se abrió de nuevo, mi loba se estaba desvaneciendo. Me obligué a ponerme de pie y caminé hacia los Ancianos Valkyrie. Y ese vínculo eterno que prometió, se acabó.
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Detrás de las mentiras

Detrás de las mentiras

Estuve ocho años con un hombre divorciado. Nos separamos noventa y cuatro veces y nos divorciamos cinco. Una más, y sería la número cien, pero me cansé. La primera ruptura fue la noche que le entregué mi primera vez: dejó todo a medias porque su ex lo llamó para comprar pan. La quinta, cuando me abandonó embarazada en plena carretera para consolar a esa misma mujer. Tuve un accidente, perdí al bebé… y él llegó después, desarreglado, como si nada. Y aun con todo el dolor que me causó, nunca tuve el valor de dejarlo del todo. La última vez que nos divorciamos fue por otra razón absurda: su ex y su hijo participarían en un programa familiar, y para cuidar la imagen de familia feliz, volvió a divorciarse. Cuando el show terminó, me llamó para hablar de reconciliarnos. Pero esta vez dije que no… porque ya había decidido casarme con otro.
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Promesa de un siglo

Promesa de un siglo

El día de la boda, la amiguita de la infancia de mi prometido apareció en el lugar con un vestido de novia idéntico al mío, hecho a la medida. Mientras los veía recibir a los invitados juntos, sonreí y comenté lo perfectos que se veían, como si el destino los hubiera unido. Ella, roja de vergüenza y furia, se marchó del evento. Él, frente a todos los presentes, me acusó de ser una mujer celosa y dramática. Cuando terminó el banquete, se fue con ella al destino que habíamos reservado para nuestra luna de miel. Yo no lloré ni hice un escándalo. Simplemente, llamé a mi abogada de inmediato.
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Curso de Perreo Intensivo

Curso de Perreo Intensivo

—Profe, ¿todavía más rápido? Estaba a gatas sobre el tapete de yoga, sacudiendo el trasero como loca, mientras me amasaba los pechos sin parar con las manos. Las alumnas detrás de mí, todas a la vez, tenían los ojos clavados en mi trasero vibrante. —Muy bien, mantén ese ritmo. Ahora vamos a hacer una práctica en vivo. Entonces el profe se bajó los pantalones y se acostó debajo de mí.
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Cenizas de un amor roto

Cenizas de un amor roto

Mi hermana y yo somos gemelas, y ambas sufrimos de una enfermedad renal muy grave. Después de mucho tiempo, por fin había dos riñones disponibles para nosotras, y los médicos decidieron que nos tocaba uno a cada una. Sin embargo, mi hermana se desplomó en los brazos del hombre con el que yo me iba a casar, llorando, quería los dos riñones para ella sola. Yo me negué, pero ese hombre me encerró en un cuarto, permitiendo que mi hermana se sometiera a la operación de trasplante y se quedara con los dos riñones. Él presionó mi frente con firmeza y me advirtió: —Tu enfermedad no es tan grave como la de tu hermana. Ella solo quiere vivir como una persona normal. ¿Por qué eres tan egoísta? ¿No puedes esperar otro riñón? Pero él no sabe que realmente no puedo, porque estoy a punto de morir.
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Juramento de Sangre, Hecho Trizas

Juramento de Sangre, Hecho Trizas

Mi matrimonio con Lorenzo Cossiga siempre se quedaba a un paso de consumarse. Cinco años de compromiso, treinta y dos bodas celebradas… y en cada ocasión, un accidente inesperado interrumpía el final. Hasta la trigésima tercera. La ceremonia iba a la mitad cuando la fachada de la iglesia se desplomó de golpe. Terminé en terapia intensiva, con el cráneo fracturado, una conmoción cerebral severa y más de diez notificaciones de estado crítico. Dos meses luché entre la vida y la muerte antes de regresar de ese abismo. El día de mi alta, escuché a Lorenzo conversar con su hombre de confianza: —Señor, si de verdad está enamorado de esa estudiante pobre, basta con romper el compromiso con la señorita Valentina. La fuerza de la familia Cossiga es suficiente para silenciar cualquier murmullo. ¿Por qué seguir provocando accidentes una y otra vez? —Ella casi muere —replicó el hombre, con evidente desaprobación. Lorenzo guardó silencio mucho tiempo antes de responder: —No tengo otra salida… Hace diez años, Señor Morea y su esposa dieron la vida por salvarme. Esa deuda solo puedo pagarla con este matrimonio. —Pero yo amo a Sofía. Fuera de ella, no quiero casarme con nadie. Miré las cicatrices que cruzaban mi cuerpo, y lloré en silencio. Toda la agonía que había soportado no era obra del destino, sino la fría estrategia del hombre al que amaba. Si él no era capaz de elegir, entonces yo misma pondría fin a todo.
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