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Por ti, pero no más

Por ti, pero no más

En la manada hay una regla de oro: el heredero Alfa nunca debe tener a una humana como compañera. Pero César Oliveira, el Alfa, rompió ese juramento y me marcó. Para estar conmigo, desafió al Consejo de Ancianos sin pensarlo, recibió noventa y nueve latigazos y fue condenado a arrodillarse frente al altar durante tres días y tres noches. Aunque su camisa estaba hecha trapo por la sangre, me sostuvo la mirada y me regaló una sonrisa. —Alicia, no tengas miedo, solo te quiero a ti. Al final, el consejo cedió y aceptó que nos fuéramos, pero a cambio, César debía dejar un heredero de linaje puro para la manada. Desde ese momento, la palabra que más escuché de su boca fue: "Espera." La primera vez, me pidió que esperara porque necesitaba que otra loba quedara embarazada. Así fue. Se acostó con Gloria... hasta que ella esperó su primer cachorro. La segunda vez, me pidió que esperara una vez más, porque esa vez fue una cachorra, y el consejo se empecinaba en que tenía que ser un cachorro. Así que volvió a acostarse con Gloria innumerables veces, hasta que ella quedó embarazada de un cachorro. Justo cuando pensé que, por fin, la espera había llegado a su fin, esa cachorra, recién bautizada, ingirió acónito por accidente. Todos asumieron que yo había sido la culpable. Cuando me metieron en esa cámara de congelación, a veinte grados bajo cero, César estaba en la puerta, con los ojos inyectados en sangre. —Te dije que esperaras... —me lanzó una mirada fría, tan helada que me quitaba el aliento—. Sabes lo que significa el veneno de lobo para nosotros, ¿por qué le hiciste daño a mi cachorra? ¡Qué locura! Sentí un tirón en el pecho, como si me hubieran arrancado el alma. Mis uñas se hundieron en la palma de mi mano, y no sentí dolor. Cuando la puerta de la cámara se abrió de nuevo, abrí mi mano, que estaba bañada en sangre. Esta vez, no esperaría ni un minuto más.
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Princesa de los Lobos: Venganza

Princesa de los Lobos: Venganza

Llevaba tres años con Cameron Stevenson, pero nunca me había marcado. Para recuperar al Alfa de la Manada Silver Moon, accedí a su ridícula petición de aparearnos en la naturaleza. Cameron me puso un par de esposas de plata y me apresó a un árbol. Mis pantalones apenas se habían bajado cuando sonó su teléfono. Era esa Omega, Rebecca Anderson. —¡Cameron, el cachorro está enfermo! —gritó. Él se apartó de mí al instante, se subió los pantalones de un tirón y echó a correr. —¡No te preocupes! ¡Voy en camino! Luché y le grité: —¡Cameron! ¡Las esposas! ¡Quítame las esposas primero! Ya estaba a varios metros cuando se giró con un comentario impaciente: —¡Solo espera! ¡El cachorro de Rebecca es la esperanza de toda la manada! Esperé un día y una noche enteros. El viento frío cortaba como cuchillas. Las esposas de plata se clavaron en mis muñecas hasta que la piel y la sangre se mezclaron. Cameron nunca regresó. —Cameron… Ya que no pudiste dejar ir a esa Omega de bajo rango, no me importaría enterrarlos a los dos juntos. ¡No se separarán por el resto de sus vidas!
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Firmó nuestro divorcio sin mirar

Firmó nuestro divorcio sin mirar

Dante Valieri, el abogado de la mafia más cotizado de Nueva York, acababa de firmar mis papeles de divorcio. Pero él no tenía la menor idea. De hecho, mientras firmaba, su atención estaba puesta por completo en Camille. En el mismo instante en que ella entró, Dante levantó la vista. La siguió con los ojos hasta que la vio desaparecer en la sala. Solo entonces, por fin, se dignó a mirarme. —¿Qué acabo de firmar? —preguntó. —Nada importante. Igual, tú nunca te fijas en lo que te entrego. Él empezó a caminar hacia la sala, restándole importancia. —La próxima vez, solo mándamelo al celular. No vengas solo para eso. Al cerrar la puerta detrás de él, lo escuché decirle a Camille: —Llegaste muy temprano. Me preocupaba no encontrarte. Y así, sin más, me quedé del otro lado de la puerta. "Ya no te perderás de nada, Dante. En diez días regreso a casa. Después de eso, nadie los volverá a interrumpir jamás."
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Yo Y Su Amante, Embarazadas, ¿Él Elegirá?

Yo Y Su Amante, Embarazadas, ¿Él Elegirá?

El día de nuestra boda, Leonardo Sánchez me juró que me amaría para toda la vida. Siete años después, hizo que otra mujer quedara embarazada y hasta la instaló en una mansión de maternidad que había preparado con esmero. Cuando lo descubrí, el vientre de ella ya estaba abultado, a punto de dar a luz. Él apenas se sobresaltó un instante, pero enseguida la protegió detrás de su espalda. —Camila, tú siempre tuviste miedo de ser madre. Con este hijo, la familia Sánchez tendrá un heredero y tú ya no tendrás que sufrir. —Seguiremos igual que antes, nada va a cambiar. Yo sostenía en mis manos el examen de embarazo recién confirmado y, entre lágrimas, solté una sonrisa rota. El día en que Valeria dio a luz, yo me sometí a un aborto, dejé el acuerdo de divorcio y tomé un avión rumbo a un país lejano.
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Cenizas de un amor roto

Cenizas de un amor roto

Mi hermana y yo somos gemelas, y ambas sufrimos de una enfermedad renal muy grave. Después de mucho tiempo, por fin había dos riñones disponibles para nosotras, y los médicos decidieron que nos tocaba uno a cada una. Sin embargo, mi hermana se desplomó en los brazos del hombre con el que yo me iba a casar, llorando, quería los dos riñones para ella sola. Yo me negué, pero ese hombre me encerró en un cuarto, permitiendo que mi hermana se sometiera a la operación de trasplante y se quedara con los dos riñones. Él presionó mi frente con firmeza y me advirtió: —Tu enfermedad no es tan grave como la de tu hermana. Ella solo quiere vivir como una persona normal. ¿Por qué eres tan egoísta? ¿No puedes esperar otro riñón? Pero él no sabe que realmente no puedo, porque estoy a punto de morir.
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Tras Renacer, Elijo No Retroceder Más

Tras Renacer, Elijo No Retroceder Más

El día que me casé con Adrián Gómez, la hija falsa, Catalina Ramírez, se quitó la vida. En el segundo año de nuestro matrimonio, terminamos convertidos en enemigos, precisamente por eso. Él odiaba que yo, la hija biológica, regresara y causara la muerte de Catalina. Yo lo odiaba por aferrarse a quien había usurpado mi lugar durante veinte años. En una década, nos destrozamos con las palabras más venenosas, maldiciéndonos el uno al otro. Hasta que un terremoto sacudió todo. Entonces, él me cubrió con su cuerpo, usando su espalda como escudo para abrirme un camino a la vida. Una viga cayó. Carne y sangre, todo mezclado. En sus últimos momentos, susurró en mi oído: —Si hubiera sabido que ella moriría, jamás te habría traído a casa. —Si hay otra vida, que tu familia sea solo yo. Basta conmigo. Al final, yo también morí bajo las réplicas. Al abrir los ojos de nuevo, regresé al día en que él me llevó al reconocimiento familiar. Él se retractó de repente: —Iris, me equivoqué. La hija que la familia Gómez perdió hace veinte años no eres tú.
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Mi Boda Se Retrasó Ocho Veces y al Final Lo Dejé

Mi Boda Se Retrasó Ocho Veces y al Final Lo Dejé

Con solo mencionar los preparativos de la boda, el primer amor de mi prometido salió corriendo en llanto. Luis Enrique me abofeteó con tal fuerza que caí al suelo, mirándome con odio puro: —¿Tan desesperada estás por casarte, Gabriela? ¿Tan patética que necesitas forzarme a esto?¡Posponemos la boda otra vez! Me llevé la mano a la mejilla ardiente, pero ni siquiera latió más rápido mi corazón. Con esta, ya eran ocho postergaciones. De los 28 a los 30 años, esperé en vano una respuesta. Esta vez, hice las maletas en silencio para salir. Al fin entendí: este matrimonio nunca debió existir.
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El Magnate y Su EX de las Cien Casas

El Magnate y Su EX de las Cien Casas

¿Hasta dónde puede llegar alguien con dinero? Mi esposo tenía tanto que, en Bruma, le decían Medio Bruma, ya que casi la mitad de la ciudad es suya. Llevábamos cinco años casados; cada vez que se iba a acompañar a su amor de toda la vida, me traspasaba una casa. Cuando a mi nombre ya había noventa y nueve, él notó que yo había cambiado. Ya no lloré ni supliqué, simplemente me limité a escoger la mejor mansión de la ciudad, preparé la escritura y esperé a que él la firmara. Cuando lo hizo, su voz se le ablandó al prometer: —Cuando regrese, te llevaré a ver los fuegos artificiales. Guardé los papeles y asentí. Lo único que no le conté fue que: lo que acababa de firmar esa vez no era una casa más, sino… nuestro acuerdo de divorcio.
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A Un Paso Del Altar, Mi Novio De Siete Años Se Rajó

A Un Paso Del Altar, Mi Novio De Siete Años Se Rajó

Llevaba siete años con Santiago, y aun así él no quería casarse conmigo. —Santiago, estoy lista para casarme —le dije un día con calma. Él frunció el ceño con indiferencia, como si ni siquiera hubiera escuchado bien mis palabras. —Joana, la empresa está a punto de salir a bolsa, estoy tan ocupado que no pienso perder tiempo en un tema tan irrelevante. Sonreí con tranquilidad. Tal vez, en sus ojos, aquello era solo un intento desesperado de presionarlo para que me propusiera matrimonio. Pero lo cierto es que, esta vez, sí me iba a casar… Pero el novio no sería él.
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El Último Tulipán

El Último Tulipán

Soy Naiara Jiménez. Al tercer día de mi disputa con mi prometido, Esteban Muñoz, él aceptó a propósito la propuesta de su asistente, Luna Castro, de hacer un viaje por carretera. Creía que, como siempre, me pondría celosa y armaría un escándalo. Pero no esperaba que, al regresar un mes después, me encontrara totalmente cambiada. Cuando él ayudó a Luna a quitarme un proyecto, ya no renuncié por enfado. Al contrario, me ocupé de todo con dedicación, e incluso le redacté la propuesta con total solicitud. Cuando él, para que Luna obtuviera el bono anual, arruinó un diseño en el que había trabajado tanto, ya no me esforcé por demostrar nada. Acepté toda la culpa y me dejé amonestar. Incluso cuando quiso ascender a Luna de forma excepcional a gerente general, no me enojé. Hasta cedí voluntariamente todas mis acciones para que Esteban las distribuyera libremente. Luna estaba muy complacida. —¿Ves? Te dije que con Naiara no hay que ser duro. Hay que ignorarla y mantener la distancia con ella. Seguro estos días de ausencia dieron resultado. Tiene miedo de perderte, por eso se porta tan dócil. Esteban se lo creyó totalmente. Alabó la inteligencia de Luna. Luego me buscó a solas para ofrecerme un ascenso y aumento de sueldo, y, como nunca antes, me prometió una boda inolvidable. Pero parecía haber olvidado algo: durante el viaje, ya había firmado mi solicitud de renuncia. Y yo también había roto con él. Desde entonces, todo quedaría cortado. Sin más relación.
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