Tabú: Ataduras y Pecados
Ese sonido rompió el silencio del cuarto e hizo que mis oídos ardieran de vergüenza y placer.
Athos sonrió y, por primera vez, no había misterio en sus ojos, solo aprobación. Una invitación silenciosa a que me entregara, a que me amara sin culpa ni miedo.
Y yo me dejé llevar.
Descubrí que la mayor de las seducciones comienza cuando la mujer aprende a amarse en su totalidad, con sus fallas, sus miedos, sus deseos más profundos.
Mis manos fueron más allá, explorando cada centímetro, cada curva y cada sombra, mientras mi respiración se convertía en un susurro, un himno al placer que finalmente me permitía sentir.