La Sustituta Despreciada
Sus manos sudaban, sus piernas parecían de gelatina, y su respiración se entrecortaba, como si estuviera subiendo una montaña imposible de escalar.
Al llegar a la mesa, sus labios temblaron antes de que pudiera articular la pregunta sobre lo que ambos desayunarían.
Burak, que aún seguía con la mirada fija en su celular, apenas notó de reojo que unas piernas delgadas se habían detenido a su lado. No hizo el esfuerzo de levantar la cabeza.
—Señor Hakan, ¿qué va a servirse? —preguntó Esra con voz baja, evitando mirar directamente a Vanea, quien se apresuró a contestar.