La Estrella Perdida
—Dile a la señora —me dijo—, antes te quería tanto, seguro no te va a abandonar.
Le creí.
Pero cuando fui donde mi papá y mi mamá, estaban escogiendo vestidos de novia para Vanessa.
Mi mamá sonreía con suma tierna, señalando un vestido lleno de diamantes.
—Este aunque cuesta trescientos mil dólares, está bonito, Vanessa se va a ver como una princesa.
Mi papá asintió, y, generoso, dijo:
—La dote de Vanessa no puede ser tacaña, mejor pasemos todas las empresas y mansiones de Jimena a su nombre, para que los Mendoza lo vean bien.