CARIÑO, MUERE POR MÍ
Bebí por un rato, deseando que nunca amaneciera o que Alina no estuviera muerta.
Bebí, mirando con ojos ebrios la puerta de la habitación de su asesino y por un momento, me creí capaz de ir allí y terminar con eso de una vez. Como en una nube, soñe que me ponía torpemente en pie y cruzaba la estancia, giraba el picaporte y entraba. Su habiación no estaba a oscuras, había una tenue luz amarilla que iluminaba los muebles, incluída la cama. El asesino de Alina estaba sobre ella, recostado boca arriba, rodeado de latas vacias de cerveza y sin camiseta, con el cuerpo sudoroso como sí acabara de ejercitarse. Observé su marcado abdomen