Un bebé para mi jefe
La abuela sonrió, y no fue una sonrisa discreta, fue una de esas que rara vez mostraba, abierta, satisfecha, casi orgullosa.
—Por fin algo se hace bien en esta casa —declaró, como si el universo acabara de corregir un error antiguo.
—¡Esto es maravilloso! —exclamó la madre de Eduardo, levantándose de inmediato y acercándose—. Absolutamente maravilloso, Clara, dos bebés… esto es… esto es perfecto.
La madrastra de Adrián también se acercó, más tranquila, pero con los ojos brillando.