La esposa a la que dejó morir
Dante abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.
—La respuesta está escrita en tu cara, Dante. Incluso si lo hubieras sabido, la habrías elegido a ella. Porque en tu mente, yo era tu esposa. Se suponía que debía entenderte, apoyarte, esperar. Y ella era la pobre víctima que necesitaba tu protección.
—No es así…
—Basta —Sofia, que había estado escuchando en silencio, habló al fin—. Isabella, es hora de irnos.