MI ENEMIGO EN EL ALTAR
Mi alma entera.
—Solo tuya —le devolvió ella, mordiendo su labio inferior hasta saborear un leve regusto metálico, marcando su propio territorio—. Porque en el fondo, ambos somos el mismo monstruo.
Ese era el veneno aceptado. La tragedia completa. Habían cruzado el punto de no retorno, abandonando cualquier esperanza de redención. En la penumbra de ese despacho, rodeados por los ecos de las vidas que habían destrozado para llegar hasta allí, Caleb y Alexandra Pierce consumaron su pacto final. Se aferraron el uno al otro en la oscuridad, sabiendo que el amor que compartían era una enfermedad letal, una infección incurable que los devoraría a ambos, pero por la cual estaban más que dispuestos