La Mujer que Quemó Su Pasado
Mariana, acostada a su lado, se dio vuelta y, sin pensarlo, apoyó la mano en la cintura de Rubén, con una naturalidad que dolía.
De golpe, los recuerdos me cayeron encima como una avalancha.
Todavía sentía en la piel el ardor de aquellas llamas, los nervios en carne viva.
Me estremecí sin poder evitarlo. Y entonces lo entendí: había vuelto, estaba reviviendo ese instante maldito.
Rubén notó mi silencio y, fastidiado, insistió con impaciencia:
—Te lo juré: cuando nazca el bebé y lo registremos, nos vamos a volver a casar.
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